DEVOCIÓN  MARIANA
11 – 12 – 13 – 14 años teníamos la mayoría y el rezo del Ave María, entre timbres y campanas, resonaba todo el día, pues con él iban en paralelo y prolongación todas nuestras penas y alegrías. Entretenían los dedos las cuentas del Rosario, ampliación repetitiva de la salutación angélica a la vez que revivimos los misterios evangélicos de forma concreta, familiar y real en María, como oración solidaria de y con los pobres y pequeños de todas las generaciones pasadas. Y, hasta en filas, se rezaba aquel Breviario mariano que nos iniciaba a saborear el canto de María como himno diario: “Magníficat anima mea Dominum”; primero como puro canto de alabanza y, en progreso de madurez, al contacto del mundo, el oprimido y el opresor, descubrimos su mensaje liberador. Admiración por María, sentida  como verdadera y querida Madre, que se adentraba sentimentalmente en nuestro espíritu al compás del seráfico canto escolano:”Madre mía de Covadonga, sálvame, sálvame y salva a España”.
Como aquel niño de Nazaret, tu hijo Jesús, corríamos con frecuencia a tu casa-Cueva para hacerte o conseguir una caricia y presentarte nuestras cuitas que tú atendías y solucionabas con un beso. En nuestros ojos infantiles entraba la estampa globalizada de ternura, protección y consuelo, junta a la admiración de Madre de Dios y Madre mía. En un trato íntimo, con palabras fluidas del Espíritu, entramos con ella en una visión de fe, en una experiencia de vida total, de Dios y de mi propio yo, en abandono, confianza y compromiso.
Ya jóvenes, se ampliaba esa imagen con los detalles de la belleza, de la feminidad y maternidad; la imaginación te vestía llena de gracia, de pureza, de juventud y alegría, a pesar de que una vana piedad cristiana había privado a nuestros ojos poder reconocerte “mujer en la que la Palabra se hizo carne” totemificando tu figura. Mirando la bella imagen que hay en la catedral,
contemplamos la feminidad de esta mujer, con el sentido pleno del misterio de la Encarnación y lo saboreamos con Jean-Paul Sastre en su poética evocación en una obra escénica de 1940, cuando hace decir a María:”Este Dios es mi hijo; esta carne divina es mi carne. Está hecho de mí, tiene mis ojos y la forma de su boca, es la forma de la mía; se parece a mí. Es Dios y se parece a mí”. Es bueno recoger en su imagen no solo su santidad, su fe, su pobreza, su sufrimiento, su virginidad, sino también su feminidad y maternidad. Vivíamos en la inauguración redentora de un mundo nuevo pues nuestra vida repetía el tiempo de esta mujer nueva, donde la virginidad era el modelo sin condenar la natural sexualidad; donde ella decía  “he aquí la esclava del Señor”, nuestra expresión era una obediencia y disponibilidad al servicio del Señor, cuando ella “guardaba en su corazón” sus vivencias, sus dudas, sus miedos y esperanzas, nosotros las meditábamos a la luz de la Palabra, frecuentemente orientada y animada por el director espiritual. Teníamos mirada de fe para ver en María la maravilla de la feminidad transfigurada por la gracia, cuyo brillo se refleja en todas las mujeres. Por ello podíamos repetir la bienaventuranza de los creyentes: “bienaventurados los pechos con que amamantaste al hijo de tu seno porque escuchaste y cumpliste su Palabra”.
Siempre cercana a nuestra actividad, ella era motivo de inspiración para que nuestra palabra recrease su canto al “Poderoso que hace grandes obras” y pudiese alabar a la vida y la acción en adoración y súplica exultante al Dios misericordioso que “enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos”, para vivir con Jesús la espiritualidad de los “pobres de Yahvé”, que tú, nueva Eva, hija de Sión, heredaste de la Palabra profética y transmitiste, como Madre de la primera comunidad de pobres creyentes, celebrando el misterio prodigioso que en tu seno se había realizado. Gracias a tu disponibilidad, Dios mismo se ha insertado en nuestra historia en plena realidad de humanidad, por lo que liberaste al cristianismo de ser un mito. Imaginando tu sencillez y pobreza nos era fácil y sentíamos como normal vivir la espiritualidad de los pobres, participar y aceptar plenamente el sufrimiento. Por eso cada día te coronábamos, como perfecto acierto de la creación, con todas las gracias según el Espíritu:”amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad….”, por lo que nos uníamos a cuantos “te bendecirán por todas las generaciones”.
Ora con nosotros, María, y concretiza tu Magnificat para este mundo nuestro de contradicciones pues, al limitado esfuerzo por la paz, la salud y la solidaridad se opone poderosamente su hundimiento en la guerra, en la pobreza y la muerte. Incluso la “muerte de Dios” en el pensamiento y en el corazón de los hombres, que trae como consecuencia la muerte del hombre. Pero, como dice Lutero: “María, con su expresión: el que es poderoso, despoja a una multitud de personajes de sus privilegios”. Danos fortaleza para estar, como tú, “de pié junto a la cruz” y no perder el ánimo ante los signos de la degenerada dignidad humana y desconfianza de la presencia liberadora de Dios. En cada nuevo amanecer la humanidad resucitada canta contigo el Magnificat, pues somos herederos en la fe de “la promesa hecha a nuestros padres a favor de Abrahám y de su descendencia para siempre”. En lo más profundo de nuestra fe judeocristiana late la experiencia del Dios Creador, “mi Salvador”, que vela y nos ama con infinito amor y hace en nosotros “mil maravillas”, siendo “causa de nuestra alegría”. En nombre de la humanidad acogedora has dicho “sí” a los planes de Dios y con alegría y adoración celebramos contigo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, Salvador y Liberador, que hace al hombre más hombre, libre, audaz, descubridor de nuevos caminos, como Abrahám.
Con María cantamos al Dios transcendente, cuyo “nombre santo” nos predispone en actitud de escucha y acogida de su Palabra, que en ella se hace carne y en nosotros, “los que le temen”, o sea, los que la toman en serio, se hace “misericordia que alcanza de generación en generación”. Pena y dolor, sin embargo,  por cuantos montajes ideológicos, económicos y consumistas que impiden la fe en el Dios Creador y Misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a nuestros hermanos no creyentes, pero cuyo corazón también está hecho para Él.
En resumen: toda la vida alegrándonos por el hecho tan inimaginable como sencillo como la culminación de una mujer en la maternidad por la que Dios se ha hecho uno de nosotros en Jesucristo. Todo tan sin méritos propios de esta Humanidad caída, pues fue pura gracia. Solo ofrece plena disponibilidad la que se presenta como “esclava del Señor”; por cierto, testimonio que valora la primera comunidad  al recordar cómo aparca su nueva condición gestante para ayudar a su prima que está en necesidad, enseñándonos dónde está la verdadera dignidad y cómo se realiza la auténtica liberación.
Fue Covadonga lugar de refugio en tiempos turbulentos. Cada persona, en su breve historia,  pasa por momentos de necesidad de seguridad, de amor y acaso de pan; se busca respuesta en el plano social y psíquico; los pobres y pequeños encuentran salida en la figura maternal de María. Y el lugar se convierte en ocasión evangélica y concretización de la Iglesia de los pobres; se perfila entre montes y riscos la posibilidad de una humanidad nueva, de un pueblo con salud y paz, un santuario con la misión de la Iglesia de acompañar a los cansados y desorientados. Como fruto y nido de esta esperanza nace el Seminario Menor de Covadonga.