El síndrome de Don Opas
“Dichosos los que han muerto por un palmo de tierra” (Charles Péguy)
Preámbulo




No vaya a creer el lector improbable que se asomara a estas páginas que porque el discurso discurra en ellas como a la pata la llana, dejándole a la reflexión la brida sobre el cuello (como Loyola a la mula que fundó la Compañía), se habla por eso aquí a humo de pajas. El texto, que se alivia de citas y de aparato crítico para hacerle al animoso lector más liviana la excursión, se autoriza nada menos que del patronazgo remoto de Don Claudio Sánchez Albornoz (Historia del Reino de Asturias – Orígenes de la nación española), mientras se abreva a sus anchas en la hermosa y documentada Historia de Covadonga (2008), de Ignacio Gracia Noriega, prologada por Gustavo Bueno. Informado de tan excelente compañía, puede el lector echarse a andar, seguro de que se le llevará por buen camino.
Composición de lugar
Subiendo a Covadonga, en la última curva antes de La Riera, en el flanco de la montaña, a la derecha, hay un peñasco considerable que se inclina hacia la carretera y el río. Destaca por su aislamiento y sobre todo por su forma, pues remata en un “zurullo” redondo que semeja una cabeza. Hasta allí bajábamos a veces, de tres en fondo, en aquellos paseos que, al decir de un escritor de los nuestros, “daban melancolía a los que los veían pasar y, más, a los que iban en ellos”. A la vista del peñasco, los que ya sabían nos informaban a los que acabábamos de llegar que aquella “piedrona” se llamaba la Cabeza de don Opas porque desde ella habían despeñado (nunca mejor dicho) “al obispo traidor”. Esto daba pie a una narración relativamente embarullada en la que Don Opas llegaba a Covadonga con los moros y avisaba a don Pelayo que mejor que se rindiera por la cuenta que le traía, aunque solo fuera porque los moros eran un montón. Don Pelayo, que ya estaba en la Cueva, posaba la cruz sin soltar la espada y,  asomándose al pozón, le hacía al obispo, con la mano libre,  lo más parecido a una peineta (aunque entonces todavía no se llamara así, pero hacerlas las hacían. Cómo no se iban a hacer con el cabreo que había). Así que se armó la marimorena y en cuanto ganaron la batalla, a los cristianos les faltó tiempo para ajustarle las cuentas al obispo manu militari, despeñándolo desde la peñona.
¿Será que la corta edad y la melancolía disponen a la credulidad? Servidor no encontraba motivo para dudar de que al obispo traidor le hubieran dado su merecido de aquella forma sumarísima y espectacular; ni de que la peñona se llamara así por eso. Y con eso, ya sabía lo esencial, pues poco más se sabe del obispo, de cuyo nombre varía la ortografía (Oppa, Oppas, Opa, Opas); le cambian de sede (Sevilla, Toledo, Tuy, un poco como a don Osoro que de Oviedo lo mandan a Valencia antes de traerlo a Madrid); no se sabe si era hermano o hijo de Witiza; si conspiró con Don Julián para la invasión o cambió de bando después de Guadalete. Tampoco hay noticia de cuándo, dónde y cómo acabó. Sin embargo, sábese lo suficiente: existió, fue miembro de la aristocracia goda, llegó a obispo y traicionó arrimándose al sol que más calienta. Y no pudo acabar bien, pues es cosa sabida que Dios castiga sin palo ni piedra.
Un poco de geometría
Covadonga es una trinidad singular de naturaleza, historia y fe. Se puede discrepar en el valor que se atribuya a cada uno de estos ángulos. No todos prefieren el triángulo equilátero pero, con independencia de la figura del conjunto y del valor singular de cada uno de sus ángulos, la suma es constante y vale dos rectos. La misma necesidad vincula los tres vértices que constituyen la entidad triangular de Covadonga. Se destruye Covadonga cada vez que se prescinde de uno cualquiera de sus   vértices. Y lamentablemente, esta forma reductora, mutilante y finalmente destructiva de percibir a Covadonga es la más común. Con la naturaleza no hay problema; todo el mundo está de acuerdo que la de Covadonga es privilegiada. Del culto mariano se discute si es anterior o posterior a la Batalla. La versión Rotense de la crónica Alfonsina ya sitúa una “casa de María” en el interior de la Cueva al tiempo de la Batalla; de donde se puede retener como dato cierto que al menos ese culto era una realidad cuando se redactaba la crónica, siglo y medio después de la batalla, en los 80 del s. IX. También se discute si el culto mariano es la cristianización de un culto pagano, vinculado a la cueva y su cascada; abunda en el Norte el topónimo “Deva”, ligado a un culto fluvial.  Deva, junto a Gijón, presenta una llamativa coincidencia con la gruta y la cascada de Covadonga: una capilla erigida sobre un manantial. De la imagen románica de Nuestra Señora de Covadonga venerada en Cillaperlata, se dice que es réplica de la que se consumió en el incendio de 1777; no se menciona, en cambio, que a pocos metros del santuario hay una cueva que se asoma al río. Como en Covadonga.
Lo más cuestionado del triángulo es, sin duda, el vértice histórico, la Batalla: se la niega, se la sitúa en otra parte (Liébana); se la ignora al citar a Poitiers como la primera victoria de los cristianos sobre el Islam; se la minimiza. En cierta ocasión estaban los alumnos de 4º de la ESO soliviantados; la profesora de Sociales les acababa de decir que la batalla de Covadonga, si es que la había habido, no pasaría de ser una escaramuza. Lo de “escaramuza” les sonaba a “engarradiella” en el recreo. Como para mandar a don Pelayo al jefe de estudios. En qué quedaba entonces lo de “España es Asturias; el resto, tierra conquistada”.
Los síntomas del síndrome
A toda esa constelación, difusa pero tenaz y consolidada, de elisiones, de litotes, de pretericiones; en suma, de negaciones, se la podría designar síndrome de Don Opas. La negación de la realidad obedece al deseo de que esa realidad no se hubiese producido. Los negacionistas de la Batalla de Covadonga o de su trascendencia histórica hubiesen deseado, como Don Opas, que Don Pelayo se hubiese estado quieto, que la batalla no se hubiese producido o, de haberse producido, que la perdieran los cristianos. En cualquier caso, que no hubiera tenido las consecuencias  que tuvo, “la insidiosa reconquista” del ilustre académico (que, con tanto lustre, así nos luce el pelo). Negado el hecho o su trascendencia, ya no merece la pena hablar de ello: el ángulo histórico de Covadonga queda sin contenido. Nos dicen ahora catedráticos muy documentados que Don Pelayo no fue rey. Con el territorio liberado, con los testimonios de la toponimia (Repelao, Campo de la Jura), con Munuza huído y su despacho de Gijón cerrado a cal y canto, qué fue, entonces, Don Pelayo después de la victoria, ¿alcalde de Cangas?
Las espigas y el grano
Tucídides, Herodoto, Tito Livio, lo que llamamos historia, la disciplina de ir contando las cosas sin desbarrar en exceso, era una práctica con un rodaje de siglos. Pero la marcha de la historia no es rectilínea y, de vez en cuando, aquí o allá, hay que volver a empezar. La historia de Covadonga se cuenta como leyenda. Y con las leyendas conviene evitar dos extremos: tomarlas por historia contante o negarles toda historicidad so pretexto de que se cuenta como leyenda; lo que se llama tirar al niño con el agua del baño. Puesto que disponemos de crónicas árabes y crónicas cristianas, lo más prudente será escuchar a las dos partes para ver de encontrar el camino de en medio.
Los árabes minimizan la derrota; en último término la tropa de Don Pelayo se reduciría a una peña de burros por domar (“treinta asnos salvajes”), refugiados en la cueva, a los que no hubo forma de desalojar de su agujero; pero, total, tampoco merecía la pena. Los cristianos maximalizan la faena sin escatimar en medios. Don Pelayo, la víspera, tuvo visiones: “Hoc signo vincitur inimicus”. En latín, como Constantino en Puente Milvio. (¿Sería lo de Don Pelayo cerca del Puente Romano?). Ya metidos en harina, “las piedras que lanzaban los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban”. Como milagro es más bien modesto. El rebote al fin y al cabo obedece a una ley física. ¿No hubiesen rebotado igualmente los pedruscos aunque no estuviese en la cueva la casa de María? Igualmente no, argüirán los más piadosos, sin la  santa casa,hubiesen rebotado con menos puntería ¿O la mayoría de los moros no habrían olvidado en el cuartel el casco reglamentario? El que no ve milagros es porque no quiere. Pero donde se les va la mano a los cronistas cristianos es en el cómputo del enemigo: 180 000 soldados. Gracia Noriega insiste  en que “ciento ochenta mil, con toda su impedimenta no cabrían en un valle tan estrecho como el de Covadonga” (p. 78 y 84). Sin embargo, Fíjese, Don Ignacio, que más se angosta el valle entre Arriondas y Ribadesella y los corresponsales dan cuenta cada año de hasta 200 000 romeros en la fiesta de las piraguas. Con toda su impedimenta. No se dirá que de asuntos falta enmudeció la épica.
Atando cabos
¿No podríamos dar por verdaderos los datos en que coinciden cronistas con puntos de vista tan opuestos? Serían estos: Hubo encontronazo militar entre los cristianos mandados por Pelayo y los moros conducidos por Alkama; el encuentro se produjo en el entorno de Covadonga cuya cueva fue para los cristianos la base estratégica central; desequilibrio numérico de las tropas en presencia; ganaron los cristianos a pesar de ser menos. Tanto por su trascendencia como por la desproporción entre los contendientes, la batalla de Covadonga guarda más analogías con la de Maratón que con la de las Navas de Tolosa o con la de Waterloo. Asistimos aquí a uno de esos momentos admirables (miracula, mirabilia) en que Dios (al parecer, contra su costumbre) ayuda a los buenos a pesar de ser muchos menos que los malos. Covadonga fue para los cristianos lo que Maratón vino a ser para los griegos, uno de esos momentos en los que el destino de una civilización depende de un pelotón de soldados.
La reconquista no empieza en Poitiers, había empezado en Covadonga. España es, reconoce Joseph Pérez (y bien está que sea un francés el que lo reconozca), “el único país de Europa que es europeo por vocación”. Los demás lo son por geografía, por posición. España recuperó palmo a palmo –sangre, sudor y hierro a lo largo de siglos- lo que había perdido de la noche a la mañana en 711. Así volvió a ser romano-cristiana con el resto de Europa. En vez de ser musulmana como  Marruecos, Libia o Siria, que habían sido tan romano-cristianas como España y el resto de Europa. Lo lamentarán los aquejados del síndrome de Don Opas. Algunos nos atrevemos a pensar que, aparte de su dimensión trascendente (a la que se accede solo por la fe), la civilización cristiana, muy lejos de ser perfecta,  nos depara el modelo de convivencia más llevadero de los hasta ahora realizados; el único que respeta las libertades democráticas y en el que los derechos humanos tienen una garantía (al menos mínima) de defensa y de vigencia.
Versiones y círculos del síndrome
A nivel regional, del síndrome de Don Opas tenemos la versión clerical y la socialo-ecologista. A las mocedades y la juventudes de izquierdas (valga la redundancia), en ruptura con la historia, les encantaría una Asturias sin historias. Para ellos, Covadonga es la entrada pintoresca al Parque Natural de los Picos de Europa, joya de la corona de Asturias Paraíso Natural. Este adanismo tontorrón, intelectualmente plano, con una mano detrás y otra delante, se expresa a la perfección en la campaña institucional (que suele coincidir con Navidad) de “Soy lo que como, como lo que soy”. O sea, la ideología de “Con fabes y sidrina…” Y de postre, Afuega el pitu. La versión clerical se manifiesta en una pastoral exclusivamente volcada en la promoción  de Covadonga como santuario mariano; en hacer de Covadonga (como apunta Bueno) el Montserrat y el Aránzazu del Principado. La Santina vendría a ser la “Moreneta” de los asturianos. Cuánta buena gente flipa con la sola evocación de Covadonga y de la Santina, mas en cuanto se aborda el capítulo de historia, se ensombrecen y se parapetan en el olímpico desdén de una sonrisa etrusca.
El síndrome de Don Opas no concierne únicamente a lo relacionado con Covadonga. Su espectro es insospechadamente amplio: Los que precipitan reiteradamente la imagen de la Santina desde la cima de Picu Urriellu, los que se oponen con uñas y dientes a que se enseñe el cristianismo en las escuelas, los que quieren que llamemos de invierno a las vacaciones de Navidad, a los que les estorban los Belenes en espacios públicos, son los mismos que quieren devolver la mezquita de Córdoba al culto musulmán y convertir la Monumental de Barcelona en una mezquita monumental. El público que se conmueve con Hipatia de Alejandría (en Ágora, de Amenábar), linchada por una turba de fanáticos en el s. V, asiste indiferente a la decapitación televisada de cristianos coptos. Ante el atentado más sangriento de la historia de Europa, La mayoría, en vez de volverse contra los terroristas, se revolvió con ira contra el Gobierno de la nación atacada.
Una mañana de agosto del 77, nos despertamos con la noticia de que habían robado la Cruz de la Victoria. Contuvo Asturias el aliento. No se oía ni el vuelo de los pájaros porque ni los pájaros alzaban el vuelo, retenidos por la pesadumbre. La izquierda se manifestó en Oviedo, protestando airadamente contra el Cabildo de la Catedral, que no supo custodiar el patrimonio. No les faltaba razón: en el 34 los de izquierda tuvieron que romper paredes para llegar a la cripta de Santa Leocadia y  volar la Cámara Santa con la Cruz de la Victoria. Los que en el 34, en el 36 y en el 37 atacaban el patrimonio cristiano  con el mismo furor con que los yihadistas atacan el patrimonio civil en Kabul o en Musul, son celebrados como héroes por la historiografía y por los medios.
¿Pavana por una Europa difunta?
Oriana Fallaci consumió sus últimas energías en denunciar el inminente riesgo de que Europa, vitalmente exhausta, demográficamente inerte, espiritualmente desalmada, fuera masivamente colonizada, desde el interior, por el Islam (La Rabbia e l’Orgoglio (2001), La Forza de la Ragione (2004), L’Apocalisse (2004). Por su denuncia, Oriana fue fustigada de forma inmisericorde por la Santa Inquisición de la corrección política. Llegaron a imputarla por xenofobia. El último libro de  Houellebecq, Soumission (febrero 2015), describe el triunfo del Islam en Francia: Ben Abbes, líder de Fraternidad Musulmana, alcanza la Presidencia con el apoyo de los socialistas de Hollande y de Valls, y del centro-derecha de la UMP. Con la complicidad del Conde Don Julián y del obispo Don Opas, diríamos aquí.
El protagonista y narrador es profesor de literatura en la Sorbona, recién entrado en la cuarentena, sin vinculaciones familiares, sin mayores ambiciones ni proyectos, con una vida amorosa intermitente y a salto de mata; con pequeños vicios y algunas manías, pero sin pasiones. Arquetipo de la decadencia. Al principio de los acontecimientos, en un primer compás de incertidumbre, se refugia en Martell, pequeño pueblo del sur. No hace falta decir que estamos en el terruño de Carlos Martell, el héroe de Poitiers. Y a 20 kilómetros de Martell está Rocamadour, el santuario más célebre de la Edad Media Francesa. El profesor se instala en Rocamadour durante algunas semanas y visita cada día la capilla de Nuestra Señora, la Virgen negra de los ojos cerrados. Rocamadour renvía a otro Carlos, a Charles Péguy. Nadie se identificó con la Edad Media cristiana con tanta intensidad como Péguy, se nos dice enSoumission: “Charles Péguy entendió que el corazón viviente del fervor medieval no era el Padre, ni siquiera Jesucristo, sino María. Y eso se siente en Rocamadour”.
Son las páginas más bellas de una prosa que no se presta a galanuras. Asistimos a una especie de vigilia de armas en contrasentido. La vigilia de un caballero que va a entregar las armas sin haberlas empuñado. Ante la Virgen negra, y en diálogo con Péguy vive el autor su primer y último encuentro con una fe que en otro tiempo fue ardiente y poderosa hasta gobernar una civilización, un mundo. Le alcanza la nostalgia, y hasta “el deseo desesperado de incorporarse a un rito”. La partida está, sin embargo, decidida. Volverá a París para integrarse en el orden nuevo. Que le va a pagar el triple y pondrá a su servicio dos esposas.
Don Pelayo, Carlos Martell. Covadonga, Poitiers. Martell, Rocamadour: Cada vez que el cristianismo triunfa del Islam, sella su victoria con el culto a María. Del Islam dice Nietzsche como elogio que es “una religión de hombres”. Enigmáticos antagonismos.
“Dichosos los que han muerto por un palmo de tierra”
El esforzado lector que haya llegado hasta aquí, y también el más afortunado que haya tenido la idea de empezar por el final, merecen el obsequio de estas estrofas de Péguy que, citadas en Soumission, hablan de batallar, de fe y de filiación; de perdición y de tierra. “Traduttore, traditore”? Cómo arriesgarse a traducir o a echar mano de traducciones ajenas, en un texto que trata del síndrome de la traición; y además tratándose de poesía. ¿No nos han dicho que el poema es “una oscilación sostenida entre el sonido y el sentido”. Mejor, entonces, la palabra original, con la textura y el perfume de un aceite virgen.[1]
Heureux ceux qui sont morts pour la terre charnelle,
Mais pourvu que ce fût dans une juste guerre.
Heureux ceux qui sont morts pour quatre coins de terre.
Heureux ceux qui sont morts d’une mort solennelle.
Heureux ceux qui sont morts pour des cités charnelles.
Car elles sont le corps de la cité de Dieu.
Heureux ceux qui sont morts pour leur âtre et leur feu,
Et les pauvres honneurs des maisons paternelles.
Que Dieu mette avec eux dans le juste plateau
Ce qu’ils ont tant aimé, quelques grammes de terre.
Un peu de cette vigne, un peu de ce coteau,
Un peu de ce ravin sauvage et solitaire.
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Mère voici vos fils qui se sont tant battus.
Qu’ils ne soient pas pesés comme on pèse un esprit.
Qu’ils soient plutôt jugés comme on juge un proscrit
Qui rentre en se cachant par des chemins perdus.
Mère voici vos fils et leur immense armée.
Qu’ils ne soient pas jugés sur leur seule misère.
Que Dieu mette avec eux un peu de cette terre
Qui les a tant perdus et qu’ils ont tant aimée
Mère voice vos fils qui se sont tant perdus.
Qu’il ne soient pas jugés sur une base intrigue.
Qu’ils soient réintégrés comme l’enfant prodigue.
Qu’ils viennent s’écrouler entre deux bras tendus.
Quieren ser estas páginas un homenaje fraternal a Silverio Cerra. Aquí quedan, como un manojo de flores cortadas con prisa y mal aparejadas, en recuerdo de quien tanto sabía y tanto nos enseñó de Covadonga.
Ramón Alonso Nieda
[1] Dichosos los que han muerto por la tierra carnal, / con tal que ello haya sido en una justa guerra./ Dichosos los que han muerto por su trozo de tierra, / dichosos los que han muerto de una muerte triunfal ./ Dichoso los que han muerto en batallas campales, / tendidos en la tierra, de cara contra el cielo. / Dichosos los que han muerto en un excelso anhelo / entre toda la pompa de grandes funerales. / Dichosos los que han muerto por ciudades carnales, / pues ellas son el cuerpo de la ciudad de Dios. / Dichosos los que han muerto por su hogar / y por los  pobres honores de las causas paternales, / pues ellas son la imagen y son el primer lazo, / y ensayo  y cuerpo de la divina mansión. / Dichosos los que han muerto en ese estrecho abrazo,  / ese abrazo de honor y humana confesión, / pues esta confesión de honor es la inicial / y el ensayo primero de eterna confesión./ Dichosos los que han muerto en esta destrucción, / cumpliendo de ese modo su voto terrenal, / pues este voto de la tierra es la inicial / y el ensayo primero de una fidelidad. / Dichosos los que han muerto en forma tan triunfal  y / con tanta obediencia y con tanta humildad / Dichosos los que han muerto, pues fueron reintegrados / a la primera arcilla y a la primera tierra. / Dichosos los que han muerto en una justa guerra, / dichosas las espigas y los trigos segados.