7.2   MIS CUATRO AÑOS DE ESCOLANÍA
Fernando Menéndez Viejo





Me pide, por enésima vez, mi buen amigo Cayo González, que escriba una reseña para la web
'covadongadigital' sobre mi estancia y vivencias en la Escolanía de Covadonga como primer
destino después de la ordenación. En esta ocasión  ya no me puedo negar, dada la insistencia.
Nos vamos a situar en medio del año 1964. Año en el que confluyen varias cosas relevantes,
como son la finalización de mis estudios sacerdotales con la consiguiente ordenación con sólo
veintitrés  años; en la diócesis inicia su mandato episcopal D. Vicente Enrique y Tarancón;
el Concilio Vaticano II se encuentra en plena celebración y, como anhelante expectativa para
los compañeros de promoción, está la espera de destino como incógnita guardada en alguno de
los despachos de las oficinas del obispado.
Mientras llegaba ese momento, uno era muy libre de pensar o de hacer cábalas en torno a esa
incógnita que marcaría el estilo y el quehacer de todo cura de reciente hornada. En mi caso
concreto, me rondaba la cabeza una idea, una especie de sueño que, en caso de llevarse a efec-
to,yo tendría que rechazar no ya como una tentación sino como algo imposible de llevar a cabo.
Dada mi facilidad personal para la música, pensaba yo, quizá el equipo eclesiástico que dispo-
nía de nuestros destinos me podría plantear una ampliación de estudios musicales en algún cen-
tro extranjero o nacional. Si se diera esa coyuntura, yo no podría asumirlo desde el momento
en que Concha, mi madre, quedaría sola y “al devalu”, como dicen en Gijón. Ella era viuda, con
poca salud, sin la casina ya del Prau Picón (por deshaucio) y muy pegadina a su fíu cura. Mi
hermano mayor estaba en Venezuela como emigrante, por tanto, la deducción era fácil de hacer.
Pero a la hora de la verdad, nadie me habló de la posibilidad de una graduación musical. Nada.
Coincidía que, por entonces, la Escolanía estaba en horas bajas debido a la poca salud del que
era entonces su director, D. Florentino Rebollar, y aquella institución música, tan imprescin-
dible en un Santuario como el de Covadonga, no podía estar renqueante o a media marcha.
La situación habría que arreglarla con alguien joven, entusiasta y que supiera el solfeo sufi-
ciente como para tener disponible algún motete, alguna misa, alguna antífona gregoriana junto
al “Bendita la Reina” y poco más. Y si, además, se arreglaba bien ante el teclado de un armo-
nium, mejor. Total, que la exigencia no era grande, el acceso al puesto era "digital" y la men-
te y el espíritu del posible candidato estaban perfectamente diseñados para ejercer una obedien-
cia ciega e incondicional al mandato del obispo.
Se me hizo la consiguiente llamada al obispado y se me presenta la propuesta. No recuerdo haber
puesto especiales objeciones a la misma. Es más, pienso que aquello, a bote pronto, me parecía
hasta un halago y asumí el encargo.
Pero resulta que, cuando ya ha pasado un tiempo (cuando ya el "destino nos dispersó" y después
de haber tomado "otras sendas en la vida", como dice el genial texto de Olivar que hemos conver-
tido en himno de curso) y para que no se quede nada en el tintero, me di cuenta de la seducción
a la que fui sometido con ese destino y, a la vez, el riesgo que corría el obispado enviándome
a Covadonga para hacerme cargo de la Escolanía. Inicio la tarea completamente solo musicalmente,
sin haber practicado todavía técnica alguna de dirección de coros, ni técnica vocal, ni haber
conocido un poco la psicología del mundo infantil. En fin, aunque aquello era para mí casi dar
un salto en el vacío, no cabe duda de que el reto era importante y la oportunidad única para po-
nerme a prueba a mí mismo. Y en aquel momento fueron la ilusión y a una buena dosis de incon-
ciencia (y, siendo sincero, de vanidad, cómo no)  las que pusieron en marcha mi responsabilidad
junto a la confianza que depositaba en mí el señor obispo. (No puedo olvidar las palabras que
Mons. Tarancón me dijo para animarme en plena novena de la Santina de aquel mismo año: 《Fernando,hay que lograr que no vuelva a decirme D. Camilo Alonso Vega, 'esos escolanos cantan como gatinos capados'》. Lo cual fue para mí un poderoso acicate y no podía decepcionarle. (D. Vicente sabía mucho…).
La primera medida en aquel mes de junio del 94, fue saber qué tipo de voces estaban más necesita-
das de refuerzo o de reposición. Y lo cierto era que tal necesidad se extendía a todas las gamas
de altura vocal.
Un segundo paso sería saber con qué número total de niños podría yo contar (el internado sólo
admitía hasta treinta).
Vendría luego la realización del casting de selección vocal. En este apartado concreto eran bue-
nos expertos D. Alfredo de la Roza, el propio D Florentino y el adlater D. Aladino Alonso, al
haber ellos realizado en anteriores etapas el mismo cometido.
Se fue avisando a casi todos los párrocos de la diócesis para que dieran la noticia de la celebra-
ción de una prueba de voces para niños de edad comprendida entre siete y ocho años para que pudie-
ran formar parte de la Escolanía como cantores y en calidad de régimen de internado gratuito. Esa
prueba iba a tener lugar en el Seminario de Oviedo en distintas fechas durante la segunda quincena
de septiembre de aquel año. Un mensaje similar, en forma de anuncio, se envió también a toda la
prensa asturiana (La Nueva España, La Voz de Asturias, Región, Voluntad y Hoja del Lunes), dejan-
do clara la finalidad de dicha prueba.
Tanto la respuesta de las familias como las posibilidades de selección fueron muy buenas. Se había
conseguido formar el equipo vocal suficientemente válido como para iniciar el trabajo de ensayos
y hacer frente a las normales intervenciones dentro de los cultos del Santuario.
Antes de exponer cómo era la vida dentro de la Escolanía, me detendré un poco en el ambiente gene-
ral del Santuario (el “paisanaje”).
El mundo de este bello y original Santuario que todos conocemos y amamos, estaba integrado, en su
mayoría, por instituciones eclesiásticas: el Cabildo-Catedral (con D. Manuel Rodríguez como abad,
D. Manuel García como Magistral, D. Alfonso Rivero, D. Vicente Marturet, D. José Llano, D. Flore-
ntino Rebollar, D. César Marqués y D Jesús Lobo como canónigos; eran, en cambio, beneficiados, D.
José Ramón Lobo y D. Aladino Alonso).
Otra importante entidad religiosa era el Seminario Menor, con D. César marqués como rector de la
misma y como prefectos-profesores, D. Santiago Velasco Arteche, D. José Luis Fernández, D. Eladio González Quintana y D. Rafael Álvarez Rey. Más tarde D. Javier Gómez Cuesta, D. Jesús Bayon…
Estaba la propia Escolanía, con un director administrativo, D. Aladino, y un director musical.
Lo que entonces había sido Colegiata, se convirtió en Casa Diocesana de Ejercicios y comenzó sien-
do atendida por un equipo de Misioneras Seculares.
En lo que llamábamos “La Casina”, se alojaba un pequeño núcleo de señoritas tersianas que atendían
los aspectos ornamentales y de limpieza de los altares de la Basílica y de la Cueva y los distin-
tos mantos de la Santina.

Aparte de este anterior núcleo religioso, estaba uno civil muy reducido, como era el que atendía
los aspectos hosteleros, el más famoso era la Hostelería el Peregrino (“Casa Pedro” era el nombre
familiar), luego las personas que atendían los distintos puestos de venta de recuerdos y medallas
y, por fin, dos o tres números de la Guardia Civil.
Por lo que se refiere a la vida dentro de la propia Escolanía, sólo destacar que el régimen de
funcionamiento era el propio de un normal internado. Los niños, ciertamente, estaban muy bien
atendidos en todos los aspectos. Culturalmente estaban en manos de maestras tituladas que formaban parte de la Institución Tersiana de D. Pedro Poveda. Muy bien alimentados y el régimen de ensayos era de dos horas diarias divididas entre mañana y tarde más las sesiones diarias de técnica de Lenguaje Musical.
Es interesante destacar que, como tal institución en el Santuario, la Escolanía estaba regentada,
como ya se señaló, por dos responsables que, estatutariamente, dependían directamente del el Sr.
Abad y no del Cabildo Catedralicio. Parece que ésta era la mejor fórmula para evitar cualquier
tipo de conflictos o problemas.
En el aspecto económico, el centro disponía de dos fuentes principales  de financiación, por un
lado, el obispado asignaba una parte de los ingresos generales del Santuario a este centro y,
por otra parte, recibía el porcentaje arancelario que le correspondía por la participación en
las bodas por las intervenciones musicales de los cantores. O sea, que  los escolanos tenían que
contribuir (vulgo,"sudar”) su estancia y sustento al tener que solemnizar con píos cantos
cada boda que se celebraba. Subrayo esta última frase porque en primavera y verano eran frecuentes
los días con varias bodas seguidas en el mismo día, por ejemplo, una en la Basílica, a las 12 y
otras dos en la Cueva, a las 13 y a las 14 o viceversa. Total, un panorama ideal para tener a los
niños “tranquilos”, con la “voz a punto” y a las 15, a comer. ¡Casi nada, lo del ojo…! La situa-
ción era como para haber cursado una denuncia al Tribunal de Menores por abuso, (mis quejas al
Sr. Abad no surtían el más mínimo efecto).
A todo esto, mi situación personal era la de un currante sin sueldo. ¿Motivo?, pues por el mero
hecho de estar con estancia y alojamiento gratis en la Escolanía. Cosa que se prolongó durante el
primer año. Pero al segundo, yo solicito al Cabildo una de las viviendas para beneficiados que
estaba vacía en la zona de la Explanada. Se me adjudica y así pude traer conmigo a mi madre.
Para poder asignarme unos emolumentos, el Cabildo propuso al Obispo mi nombramiento como benefi-
ciado de la Basílica. Buena noticia era ésta que yo le comunico a mi madre. Ella, sin saber nada
acerca de los nombre de las dignidades capitulares, y, sin pensarlo mucho, me dice muy convencida:
“anda, fíu, mejor que estés ‘beneficiau’ y no ‘perjudicau’ como hasta ahora”.
El calendario diario de actividades de los niños, salvo esa dura y abusiva situación de la concen-
tración de bodas, era, como ya se ha indicado, la normal en un internado infantil.
Las horas libres que ofrecía cada jornada me sirvieron para poder estudiar y profundizar en mu-
chos aspectos musicales. El principal problema era que todo estaba regido por el autodidactismo.
No podía disfrutar de la sombra protectora de un buen maestro de música. Mi única guía era la
práctica musical con los niños en ensayos y actuaciones y el posterior autoanálisis de resulta-
dos. Sistema éste que obliga, por un lado, a ejercer una férrea autocrítica y una revisión obje-
tiva de lo realizado, y por otro lado, a tener los sentidos muy abiertos, sobre todo los del es-
cuchar y ver mucha música ajena con tiempo y en profundidad.
A medida que todo el mundo era testigo del avance y madurez del pequeño grupo de cantores -Cova-
donga, en este sentido, no dejaba de ser un escaparate- empezaron a aparecer cosas interesantes.
Entre las que se encontraba el haber ganado la fase provincial en la convocatoria del concurso
nacional de coros infantiles que lanzó la Sección Femenina Española. El jurado, en Oviedo,
(compuesto por D. Mario Nuevo, Director del Conservatorio e Inmaculada Quintanal, profesora de
música) entre varios coros infantiles, otorga el premio a  Escolanía de Covadonga, con el compro-
miso de acudir a Madrid a la fase nacional. Se acudió,  pero no se consiguió clasificación. No
obstante el coro vio otros horizontes y otra perspectiva que las paredes de su hermoso caserón
de estilo asturiano o el de los montes que nos rodeaban.
Otra cosa que sin lugar a dudas rompía nuestra monotonía y enriquecía musicalmente eran los
conciertos conjuntos Schola Cantorum-Escolanía durante los cursillos de verano del Seminario
Mayor que, por un motivo u otro, había que llevar a cabo en presencia del Obispo y otras autori-
dades.  Y, sobre todo, el período de Novena de la Santina, en la que siempre se desempolvaban
bras de buen nivel musical, como eran las distintas estrofas de los Himnos de Covadonga de Busca
Sagastizabal y de Otaño, amén de la Salve Montserratina de Pau Casals u otros motetes marianos o
eucarísticos que D. Alfredo llevaba en cartera para la ocasión.
Algo que nos causó cierto asombro y mucha ilusión fue una llamada desde Radio Nacional de España
de Madrid, de la sección de música clásica, en la que se nos pedía una grabación para sus regis-
tros centrales. Nos pusimos más anchos que largos el día en que los técnicos de esa casa descar-
garon los equipos de grabación frente a la entrada de la Basílica para efectuar dentro de ella
el registro. Recuerdo que habíamos preparado unas Villanescas a tres voces iguales de Francisco
Guerrero, el Ave María de Victoria a 4 v.i. y las invocaciones a la Virgen de Covadonga a 3 v.i.
de D. José Olaizola. Era el año 1965.
En 1966, otra emisora que se interesó mucho por la Escolanía fue Radio Asturias de Oviedo y, de
hecho, el locutor Eloy Lana, secundó la orden de dirección de dicha emisora para realizar una
grabación con temas navideños. Como el aviso se hizo con suficiente antelación, tuve yo margen
para armonizar alguno de los villancicos que recoge Eduardo Torner en su Cancionero de la Lírica
Asturiana.
De esta grabación, precisamente, conservo una copia en cassette que me proporcionó el Sr. Toyos,
técnico de sonido, que conservo como oro en paño. Y, en concreto, las obras fueron:
“Qué buen año”, “Llorando está en un portal”, “Tan largo ha sido en gastar”, a 3 v.i,  las tres
recogidos por Torner (“No hay tal andar”, “Alsa Bayona” y “A esta puerta hemos llegado”) y por
último, la pieza navideña de Gebaert “Oh, mi buen Jesús” a 3 y 4 v.i.
La Semana Santa también brindó oportunidades para la confección de programas  especiales de can-
tos en las diversas liturgias y recuerdo haber compuesto, como Gradual de Jueves Santo, un
“Christus factus est” a cuatro voces con una configuración armónica modernilla y, hasta cierto
punto, atrevida.
Podría decirse que, con el trabajo tenaz y el paso de los días, el grupo de cantores ya había
adquirido una cierta madurez y soltura. Recuerdo que en el verano quizá del 67, fuimos un día de
excursión a la playa de Póo de Llanes y, por la tarde, después de la merienda, nos reunimos en
la terraza del merendero de la playa y nos pusimos a cantar el “Atardecer” de Sergio Domingo
ante el silencio y admiración de todos los bañistas presentes. Total, que ya se podía funcionar
sin complejos.
Durante los años 1967 y 68, Covadonga, con un ambiente humano pobre, limitado y   estrechín, me
empezó a ahogar cada vez más. Iba siguiendo por revistas y prensa la evolución de las distintas
sesiones del Vaticano II, iba cambiando impresiones con el clero más joven del Seminario Menor
y comprobabas que unas nuevas perspectivas se abrían dentro de la Iglesia. Comprendí que había
llegado el momento de plantearle al Obispo Tarancón un cambio de aires, cosa a la que accedió
después de insistirme mucho en que consolidase lo que había iniciado. En principio me destinaba
al Seminario Mayor como prefecto en Latinos, a lo que me negué en redondo. Yo lo que anhelaba
era experiencia parroquial. El hombre accedió a mi petición y el nuevo destino fue la parroquia
de S. Lorenzo de Gijón (septiembre del 68) como coadjutor-organista y otras múltiples tareas de
la mano -y la gracia a raudales- de D. Manuel A. Menéndez (“Zaqueo”).
A partir de ese último destino, mi vida ya dio un giro totalmente nuevo.