Veinte años (1952 a 1972)
¡Ahí es na! Diría un castizo. “Que veinte años no es nada”, diría el tanguista.
El uno de octubre del año 1952, Ingresé en el seminario de Covadonga; me faltaban tres meses para cumplir los 12 años.
Abandoné el hogar familiar, para no volver más que de visita. Entraba a formar parte de otro hogar, más extenso, en el que viviría veinte años. En 1972 dejé de ser sacerdote, culminando un proceso de salida, que venía madurando desde cuatro  años antes. Mi condición de hijo pródigo (cual fatal predestinación) me llevó a abandonar  el que había sido mi nuevo hogar eclesial y  clerical.   Fueron veinte años, en los que crecí y me conformé como la persona  que sería para toda la vida. Dicen que esos 20 años son los mejores de la vida; puede ser. Lo cierto  es  que sí  fueron 10 años de mi juventud y otros 10 de mi primera edad adulta, que no volverían.
Nuestro amigo Cayo, alma mater de la revista, viene pidiéndome  que escriba algo, “lo que sea” para el número de este año. Se lo había prometido hace tiempo. Me lanzo al ruedo  con unas páginas, a modo de confesión, que quizás sean materia para aprobar o censurar, discutir o rebatir, pero en cualquier caso para dialogar y contrastar.
Me resulta difícil, por no decir imposible,  resumir en pocas líneas qué  aspectos considero más positivos y negativos de estos años, en que participé  como miembro de  la comunidad eclesiástica.
Como aclaración general e introductoria debo señalar que la visión aquí expresada se refiere exclusivamente a mi persona. Reconozco y admito con sinceridad que otros compañeros hayan vivido estos años de modo totalmente distinto. En consecuencia, habrán tenido para ellos un significado muy diferente, mientras estuvieron en el seminario y a lo largo de su carrera sacerdotal o secular.
Intentaré someramente dar, más que unas pinceladas, unos brochazos, sin acritud ni amargura, pues nunca he fomentado estas actitudes, cuando recuerdo o hablo de mis  años como seminarista  y sacerdote.
Si me fuera dado volver a vivir de nuevo  ese período de mi vida (sueño vano, excepto para los que creen en la transmigración o en una  eternidad, donde fueran posibles infinitas vidas), sin dudar, haría, mejorando en lo posible, entre otros, los siguientes hechos o experiencias vividos.
La iniciación seria y disciplinada en el estudio y la lectura de libros, que nunca había probado, ni siquiera imaginado. Desde  ese momento me convertí en tenaz y aplicado lector de cuantos libros caían en mis manos.  El placer por  la lectura  me acompañó siempre y lo valoro como un regalo que no tiene precio. Podría decir, parodiando al gran poeta, San Juan de la Cruz: “ya no guardo ganado / ni ya tengo  otro oficio /, que ya  solo en leer es mi ejercicio”. El desarrollo de capacidades para pensar, memorizar, así como la ascesis y disciplina en el trabajo intelectual, ha sido una herencia (o activo, como se dice ahora) muy importante en mi vida.
Junto con el estudio, el aprendizaje en toda clase de juegos es otra de las vivencias a destacar: fútbol, frontón, ping-pong, futbolín; y otros juegos de mesa: ajedrez, damas, dominó…Esta afición ha sido una constante en mi vida. Me ha proporcionado la enorme posibilidad de no aburrirme nunca; y de ser capaz de emplear el tiempo con otras personas de manera gratificante y placentera.
He dicho en repetidas ocasiones que si viajara a un desconocido planeta, donde hubiera  toda clase de inventos y adelantos inimaginables, no me asombraría tanto ni provocaría  el impacto que los libros y los juegos me produjeron, cuando llegué al seminario.
Otra cuestión, que valoro como muy beneficiosa, ha sido el  conocimiento adquirido del latín y,  en cursos posteriores, del griego. Lamento no haber sido mejor estudiante en estas dos materias.  Este conocimiento lo  he agradecido  a lo largo de mi vida, sobre todo  ahora que la memoria me abandona con frecuencia. Gracias a descomponer las etimologías, puedo deducir  el significado de muchas palabras.  Dudo si los planes actuales de estudio,  que excluyen  las lenguas clásicas en la formación no universitaria, tienen en cuenta este efecto para el aprendizaje permanente; quizás los responsables de los programas educativos confían en que  nuevas tecnologías serán capaces de suplir esta carencia.
En relación con la enseñanza recibida, he de destacar mi gratitud por la afición al estudio de la historia, que sería una base firme para mi futuro profesional, como profesor de esta asignatura en Enseñanzas Medias durante 30; hasta que me jubilé. Recuerdo con cariño las horas que dediqué como ayudante en la biblioteca durante algunos años. A modo de  anécdota contaré que leí casi todos los tomos de la” Historia de la Iglesia” de Ludovico Pastor. Amén de otros  libros que me hacían olvidar los manuales cerrados y encorsetados de los textos de la editorial la BAC.
En Covadonga aprendí a mirar y valorar la naturaleza, y a contemplar el paisaje, como elemento sustancial para el crecimiento físico y mental del ser humano. Es verdad que en aldea de Linares-Congostinas había y hay paisajes únicos, pero  me faltaba tomar conciencia de  la perspectiva que encontré en los Picos de Europa. La facultad de apropiarse de la música, el olor, color y alma de los paisajes, lo practiqué en Covadonga, en especial, durante los meses de verano, cuando cursábamos Filosofía y Teología.
Otro aprendizaje importante fue la iniciación al canto en general y coral en particular.  He sido miembro de muchos  coros y grupos musicales, durante  seis  décadas, cantando gregoriano,  polifonía y  folclore popular. Temas  que he compartido con mucha gente con las que  he me divertido. Ser miembro  de la Scola Cantorum significó también respirar un aire fresco en la vida monótona y disciplinada del seminario; salíamos  a  dar conciertos, por  las  parroquias y teatros. Es verdad que los cantores  pagábamos el  tributo de cantar los oficios religiosos de    la  Semana Santa en la catedral. Durante interminables horas, estábamos recluidos en el coro para acompañar los largos y tediosos actos litúrgicos, que dirigían el  obispo y los canónigos. Otro respiro  importante fue la salida de los domingos al catecismo en la parroquia de Latores,  donde pasábamos la mañana otro compañero y yo, organizando la sesión de catecismo.
Crecieron en mí unas Inagotables ganas por viajar y soñar (otra   forma gratuita y placentera de viajar) hacia otros lugares  y ambientes. En la medida de mis posibilidades físicas y económicas, nunca dejé de emprender viajes y excursiones de todo tipo y condición: por Asturias, España, Europa y América. .
He de destacar también la cimentación de amistades con compañeros  (no los cito porque son muchos) que se mantuvieron (algunos ya descansan en paz)  y se mantienen firmes como torre construida sobre roca. Cuando existía la “mili” obligatoria, se decía que esta era un semillero de amistades inquebrantables; ¡qué decir entonces  de una milicia cuya duración de 13 años no tiene parangón con cualquier otra¡
Si me preguntan con qué te quedas como más positivo y beneficioso de los 13 años de Seminario, sin dudar, respondo que ha sido el “conato” (intento, esfuerzo) por ser buena persona. Creo que  las prácticas religiosas, las lecturas (en especial la Biblia, que fatigué y sigo fatigando), las meditaciones y reflexiones incontables e imponderables, han contribuido, en cierta medida, a conseguir este objetivo. No sé valorar  el tiempo perdido, pese a que ha sido excesivo en mi caso. Porque vamos a ser sinceros, después de tanto penar y trabajar ¿es haber perdido el tiempo si no has conseguido fama, dinero, poder, reconocimiento social, bienestar material? No sé.  Solo diré que estoy convencido de que todo el tiempo que no dediquemos a ser buenas personas es tiempo perdido. Intentar hacer el bien no es patrimonio de nadie y por supuesto de ningún credo religioso. Creo, más bien, que es consustancial a la condición humana, en la misma proporción que lo es la tendencia a hacer el mal. En todo caso, estoy seguro de que la vida en el seminario me ayudó a ser mejor persona.
Por el contrario, en el Seminario hice acopio de  mucho lastre con el que he cargado sobre mí, cual piedra de Sísifo.  Desde que entré en Seminario hasta que llegué a la parroquia (en esta se diversificaban más las tareas), fueron innumerables e interminables las horas dedicadas a  misas ordinarias y solemnes, confesiones y comuniones, rosarios y breviarios, sermones y meditaciones, homilías y melodías, novenas por docenas, exámenes de conciencia y retiros de paciencia... En fin, un hartazgo, donde cada día se producía el milagro de coger fuerzas para  soportarlo. Lo dicho: cargar con la piedra de Sísifo. En mi caso, se dio un proceso de inconformismo latente en mi interior, pues  fui  capaz de soñar y viajar con la mente hacia otros mundos.
Con el tiempo tuve que aprender a investigar, a desarrollar el espíritu crítico, a pensar por mí mismo y no por los dictados  que marcaban algunos textos rancios y profesores dogmáticos. El trabajo en equipo brillaba por su ausencia, salvo en contadas ocasiones.
Nos envolvía, y respirábamos, un ambiente de nacional-catolicismo; padecíamos el fervor tridentino, más caduco y anticuado, que la jerarquía eclesiástica, franquista, impuso férreamente sobre las mentes y conciencias de los cristianos y, muy especial, de los destinados al sacerdocio.
Sirva como ejemplo este hecho. Es increíble que nadie nos dijera una palabra, al menos en privado, sobre los muertos y desaparecidos por la represión franquista en las fosas comunes, sobre las que nadie rezaba ni un sencillo padrenuestro.
Nunca he digerido bien el recorte, (más apropiado sería decir el robo) de vacaciones escolares, cuando nos recluían, tras pocas semanas con la familia, a pasar más de  un mes de verano en el seminario. Nuestros superiores temían que peligrara nuestra  vocación. El lema era: “firme  vocación,  poca vacación” . Cuando cursamos Filosofía y Teología” perdíamos” casi dos meses en Covadonga.  Aunque los profesores hacían un meritorio esfuerzo por elaborar un buen programa de formación y actividades. Eran esfuerzos vanos ya que  los resultados fueron bastante escasos. No se aprovechaba el tiempo (salvo contadas y honrosas excepciones). Fue una increíble pérdida de tiempo: no nos prepararon para el estudio serio de un idioma moderno, para empezar una carrera civil, para fomentar una investigación interesante, o para aficionarse a una preparación de tipo técnico profesional. Estos itinerarios formativos  eran totalmente compatibles con los estudios eclesiásticos. Teníamos todo el tiempo del mundo. La férrea censura a la que estábamos sometidos nos imponía rezos y cánticos continuos; a  mantenernos ausentes de  cualquier de debate y crítica; y estar  ajenos a todo atisbo de  libertad mental  y social.
El fútbol, los bolos, los paseos… así como el frontón y los juegos de mesa cuando llovía, fueron una constante distracción que aliviaron el empacho de misas, rosarios, cánticos monótonos, meditaciones dirigidas, procesiones cansinas, triduos, y otros actos litúrgicos.
Un hito en mi trayectoria eclesiástica fue el compromiso de enrolarme como misionero para América Latina o Hispanoamérica, como se decía en aquella época. En 2º de Teología firmé un acuerdo con un obispo argentino (barrio de Avellaneda en Buenos Aires) por el cual el obispado sufragaba los gastos de manutención y pensión durante los años de estudio que me faltaban. En mi caso, incluía también la estancia en el Colegio Hispanoamericano de Salamanca y los estudios de licenciatura en Teología en la Universidad Pontificia, durante dos años. A esto hay que añadir un año más de preparación pastoral y sociológica, previa a la inmediata marcha, en el Colegio Vasco de Quiroga de Madrid.  En total fueron cuatro años de estudio financiados por los fieles de dicha diócesis. Esta es una pequeña muestra, si la comparamos con los miles de religiosos y religiosas españolas que enviaban donativos y limosnas hacia sus casas madres de España.
Me preguntado muchas veces ¿cuánto dinero aportó la Iglesia americana a la española en aquella época de subdesarrollo que vivía nuestro país? Lo enviado para Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano Americana (OCSHA) no ha sido poco. Fueron más de 2000 los sacerdotes que viajaron como misioneros (hoy en día quedan unos 400) y otros muchos los que, por razones diversas, no llegamos a ir. En el caso de los curas asturianos la dictadura argentina  expulsó  a varios  y nos cerró la entrada a los demás. Creo que nunca se valoró ni agradeció, en su justa medida, la  ayuda de la  iglesia americana a la española.
¿Por qué me animé a dar este paso? Hubo varias razones. Una, no menor, fue aliviar la situación económica que padecía mi familia, que corría con los gastos de mi  internado. Por supuesto, la razón principal  y oficial era  evangelizar, convertir y salvar almas de países que necesitaban sacerdotes. También hay que añadir la dosis de quijotismo, con espíritu conquistador o evangelizador, latente en la   idiosincrasia de muchos  jóvenes, bien fomentado y cultivado por la Iglesia, en esa época. Pero creo que como determinante, más o menos consciente, estaba presente mi condición de hijo pródigo, que buscaba motivos para abandonar el hogar diocesano y emprender nuevos rumbos.
El estudio de la Teología, en la Universidad Pontificia, como indiqué antes, provocó en  mí una apertura mental trascendental, pues allí rompí los moldes fijados por los textos de los jesuitas, inspirados en el Concilio de Trento. En Salamanca, se respiraba una nueva situación  eclesiástica y académica, promovida por el concilio Vaticano II, unida a la variedad de profesorado de diversas órdenes religiosas.
Muchas veces me  he preguntado cómo y por qué aguanté y perseveré durante 13 años  en un internado, como una burbuja de otra época. No conviene olvidar que  la dictadura ideológica, religiosa y política era  común a toda España. La pregunta es la misma que se hace mucha gente, cuando vive situaciones familiares, laborales y sociales, insoportables desde muchos puntos de vista, durante años y años, e incluso toda la vida.
Una de las consecuencias más sutiles de la dictadura franquista fue la opresión síquica que padeció la mayoría de la población en los muchos años  de posguerra. Toda dictadura procura llevar a cabo, para mantenerse en el poder, la  castración mental y síquica de la población.
Al pueblo le quedaba la capacidad de aguantar, de sufrir, de padecer, de ser junco, cuando no podía ser otra cosa, de rebelarse por dentro, porque si lo hacía a las claras lo pagaba caro.  Ya dice la Biblia que la paciencia de los pobres (entendida como rebeldía sufriente y sufrida –igual que Job- ) nunca perecerá, porque es eterna.
Esta opresión sucedía en el seminario y en toda  la estructura eclesiástica, como sucedía en las canteras y minas, en el campo y en el mar, en el  ejército, en los centros de enseñanza, en las fábricas, en los trabajos de todo tipo y condición. El que vivió la guerra y la larga posguerra  ha   soportado lo insoportable; ha sufrido lo insufrible. Los niños y jóvenes, en el seminario (considerados como privilegiados) y fuera del seminario, crecimos  fajados y curtidos para soportar eso y más.
Después de terminar los estudios, dediqué dos años a la labor pastoral a tiempo completo en la parroquia de Santa  Eulalia de La Felguera, donde trabajé lo mejor que pude y supe. De mi experiencia pastoral, como coadjutor en La Felguera, no guardo más que buenos recuerdos. Los compañeros de  la parroquia y de la zona de la cuenca del Nalón fueron (y muchos aún son) entrañables amigos. Unos siguen de curas y otros (los más) abandonaron, como yo, el  estado sacerdotal.
Como ya señalé anteriormente, no fue posible la marcha a Argentina, como tenía previsto. Empecé entonces una peregrinación por diversas ciudades y residencias: Mieres, La Peña, Gijón, Luxemburgo, Madrid.  Iba siempre muy  ligero de equipaje. Una maleta con ropa y unos libros (la Biblia, el Breviario, los tomos de “Literatura del siglo XX y Cristianismo” y  “El  Quijote” de bolsillo).
Al regreso de Madrid, pasé varios meses retirado en la parroquia de San Juan de Mieres, donde  maduré  la decisión de hacerme cura obrero. De acuerdo con Francisco Rivera, empezamos los dos  a trabajar como peones en una empresa de construcción. Era el mes de mayo de 1969. Fuimos a vivir en  la casa parroquial de La Peña. A los pocos meses, partí para Gijón, donde conviví con otros compañeros que trabajaban también como curas obreros.
Este paso que di, tras muchas charlas y meditaciones, selló de manera irreversible mi separación de la estructura eclesiástica y sacerdotal. En los primero meses, rezaba el breviario y decía misa los domingos, en algún funeral, alguna boda… Otras prácticas fueron cayendo de mi rutina, sin darme cuenta, como hojas maduras. Un día dejas de rezar el breviario para no hacerlo nunca más. Celebras misa cada vez con menos frecuencia, para pasar a una  al mes,  o de tarde en tarde, debido a algún compromiso personal, hasta que celebras la última, que fue en el entierro de mi padre. No había roto del todo, seguía en el hogar, pero no entraba en la casa.
El choque con el mundo obrero, las preocupaciones laborales, así como la participación en actividades reivindicativas de carácter sindical y político, ocupaban todo mi tiempo. Sin olvidar que me metí en el ambiente de la gente normal en relación con las diversiones y relaciones con chicas.
La aventura daba comienzo en toda su dimensión y crudeza. Fue empezar de cero. Sin oficio ni profesión definida (peón en la construcción, en una cordelería, pintor de brocha gorda…), el  choque fue como una caída libre desde un globo en el que había sobrevolado durante muchos años. En una primera etapa, piensas en la evangelización, en llevar el mensaje del evangelio a los más pobres y sufrientes, para acabar convenciéndote de que es inútil, vano, ese esfuerzo. La iglesia, tal como estaba estructurada en aquel momento tenía muy poco, o nada, que decir en ese mundo. Tal como fue concebida la experiencia de los curas obreros no tenía futuro. Es evidente, que a nivel personal y en la conciencia de cada cual cabe desarrollar el compromiso religioso, en concreto cristiano, pero llegué a la conclusión de que para ese viaje no necesitaba estas alforjas. Para ser buena persona, practicar la justica y la solidaridad, comprometerse en la lucha por los derechos humanos,… no se requiere, ni se necesita,  (aunque creo  que a muchos les ayude, y lo consideren necesario) ir a misa todos los domingos, confesar y comulgar, rezar  rosarios y practicar otra serie de ritos litúrgicos.
En el año 1972, durante mi estancia en Luxemburgo,  trabajé como peón de la construcción y me alejé de todo contacto con la iglesia “oficial”, aunque seguí vinculado a movimientos sociales de signo cristiano. En ese mismo año llegó el momento de abandonar  el sacerdocio de manera oficial y despedirme definitivamente. Solicité  la secularización, que me  fue concedida al año siguiente. Como hijo pródigo abandonaba la casa eclesial, que me había acogido  durante 20 años, sin más herencia  que el  enriquecimiento intelectual  y ético que aprendí y practiqué con muchas personas a las que comprendo y quiero.
Manuel Suárez.  Madrid, 2016