‘‘Necesitamos antihéroes en la vida ordinaria’, tanto en la figura como en las diferentes destrezas humanas. Antonio Cano Álvarez bien puede ser uno de esos antihéroes imprescindibles. Había nacido en Éndriga, en uno de los valles profundos de Somiedo, que fue y es tierra de ganaderos, buenos cuidadores de la reconocida marca ‘asturiana de los valles’ y cuna entonces de un pléyade de aspirantes a curas y de muchos sacerdotes venerables; algunos de los cuales formaron parte de nuestro paso por el seminario. Anécdotas y originalidades aparte, la vida de Cano en el Seminario durante seis años discurrió entre salmos y sueños; allí fue madurando su personalidad. Antonio se curtió en esta formación estudiantil desde el año 1952 hasta 1958, año en que dejó libremente el Seminario y tomó otros caminos en su vida. Para todos nosotros, como para él, fueron estos unos años de estudios concienzudos, de prolongadas horas de oración y de vivencias compartidas en Covadonga y en Prou Picón de Oviedo. Ese mismo año se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras mientras otros comenzábamos dos cursos de Filosofía en el Seminario. Alternaba los estudios en la Universidad con trabajos esporádicos para subsistir. Una vez terminada la Licenciatura buscó trabajo en el nombrado Colegio de San Luis de Pravia, ejerciendo de profe y de cuidador a tiempo completo. Su dedicación profesional posterior, y duradera hasta la jubilación, fue de Comercial de Servicios Ortopédicos, alcanzando nivelas de Dirección. Su trabajo en la Empresa le obligaba a viajar con frecuencia a Alemania donde estaba radicada la matriz de la Empresa y sobre todo le obligaba a viajes por cada una de las provincias de España. Despachó cientos de aparatos ortopédicos que él nunca precisó usar. Conoció en una mañana luminosa a la que sería su esposa durante 40 años. Su muerte dejó una profunda huella en su vida. Su hijo les cuidó a ambos con todo mimo en los momentos en que más lo necesitaban. Nuestro Curso 52/64 iba a distinguirse, con el paso de los años, por el mantenimiento deliberado de una amistad que florece en reuniones anuales y en las que participan compañeros de Seminario. Un encuentro casual de Antonio con uno de los compañeros del curso 1952-1964 sirvió para su reencuentro con sus compañeros de Covadonga en la reunión del este grupo en el año 2019; habían transcurrido 61 años de separación, pero no de olvido. Una vez hechas las presentaciones y los reconocimientos (a medias) ya formó parte activa en cada una de las convocatorias sucesivas. Él seguía unido a su tierra natal con perseverancia de neófito. ‘No hay tierra mala para quien ha nacido en ella’; así sentía Cano la cercanía de su tierra de Somiedo. Pasó el último año en casa, impedido para realizar las tareas encomendadas de compra y de bolsa… (decía siempre que ni siquiera sabía freír un huevo!), sus paseos diarios y su vasito de Lan. Descanse en la Paz de Dios este hombre bueno y buen compañero.