FIAT
ÁNGEL SOLÍS

Cualquier montaje, por muy culto y meritorio que sea, usando como excusa la importancia de María, estaría de más si olvida que toda su grandeza está en su personal “fiat”, o sea, en haber dicho sí a la palabra de Dios, en acogerla incondicionalmente. Y este es su mensaje y exigencia primordial para cuantos nos acercamos a tratar cualquier asunto que le afecte por veneración u otros motivos.
María es modelo de creyente, es decir, el que se abre para decir sí, para acoger la Palabra de Dios, aunque sea oscuramente presentida, aún cuando sospeche que va a ser fuente de conflictos e inseguridades ulteriores, pero en la que también confía como realizadora de la humanidad nueva a la que Dios llama.
María es maestra en lo más destacable de lo femenino, que es la mujer como posibilidad de acogida, como expectativa receptora del amor. Pero también puede falsificarse y así como en la mujer la acogida puede degradarse, convirtiéndose en posesividad, así en el varón la posesión debe redimirse convirtiéndose en acogida.
María, como mujer y tal mujer, es paradigma de aquello en que la fe cristiana consiste, o sea, la apertura incondicional y la acogida absoluta del amor de Dios ofrecido al hombre. Por eso la devoción a María no consiste en una sublimación idealista de ninguna feminidad etérea, sino en la aceptación radical de esa verdad última de nuestro ser humano: nuestra pobreza y nuestra aceptación de la oferta y visita del Amor de Dios revelado en Cristo. Su FIAT es la más alta expresión de su fe consciente, de su libertad.
María es el prototipo del creyente, del testigo de la fe, del que no cuenta consigo mismo sino unicamente con la Palabra de Dios y experimenta la presencia del Resucitado en el calor y alegría derramados por el Espíritu en su corazón  (Lc.24, 32), aún en los momentos del sufrimiento, en la oscuridad de lo imposible. Hágase como tu dices, es la fe que descansa sobre el testimonio de otros:”dichosos los que aún no viendo, creen”; y Jesús entiende bien la dificultad: “no ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en Mí” (Jn.17,20).
Es un acto de plena confianza en el amor y poder de Dios, como ya se oraba en los Salmos: “Dichoso el hombre que pone su confianza en Dios”. Y confianza es fiarse de alguien sin contrapartida, como una donación de sí mismo; es el puente que une nuestra incapacidad y el poder y misericordia divinos para ponernos en comunicación. Ella hace que nuestra esperanza no sea una simple utopía y venza las dudas que impone nuestra evidente pobreza, “esperando contra toda esperanza”.
Fiarse es creer que ninguna situación es irreversible, que incluso podemos salir del “hombre viejo”, al que aún estamos muy pegados; es superar el miedo, la contracción, la rebeldía a caer en el vacío; es abrirse, dejar pasar, no poner resistencia a la entrada de Dios en nuestra vida y dejarse “llenar de gracia”.