COVADONGA
 

Crónica de 1952-1954

11.00: 2a clase (Lengua )
12.00: Recreo
Seminario menor de Covadonga en 1952-54
Evaristo Angel Medina Alonso
Todas las líneas del presente artículo se han redactado exclusivamente con los recuerdos y vivencias que, después de más de 50 años, permanecen en la memoria del autor de su estancia en el Seminario Menor de Co­vadonga en los dos cursos mencionados, sin más apoyo documental que sendas relaciones de matrícula de dichos cursos.
Por tanto sólo señalaré aquellos recuerdos (generalmente los más agradables) que han persistido en mi memoria hasta el momento presente, omitiendo aquellos otros (generalmente los menos atractivos o aquellos que el tiempo inexorable ha relegado al olvido) de los que no tengo memoria en este momento.
Es posible, incluso, que algunos aspectos estén mal situados cronológicamente y que lo que sucedió y lo que sucedió en un curso lo consigne en otro, pero espero que los compañeros con los que tuve la alegría de compartir aquellos años sepan disculpar estos fallos.
Seminario
Covadonga
CURSO 1952 - 53
Era el 1 de octubre de 1952, miércoles, cuando un total de 101 alevines de seminaristas, pro­cedentes de todas las partes de Asturias, desde el Eo hasta el Deva y desde el cabo Peñas a! puerto de Pajares, arribábamos a la explanada de Covadonga para comenzar nuestros estu­dios en el Seminario Menor.
Muchos llegaban solos, después de un largo viaje (ías comunicaciones entonces desde distintos lugares de la provincia con Cangas de Onís y desde Cangas de Onís a Covadonga eran difíciles y escasas), cargados con la maleta y con el colchón a cuestas (cada uno tenía que llevarlo desde su casa); otros Íbamos acompañados de nuestros padres (muy pocos en coche particular).
Además de los niños y muchachos procedentes, como he dicho, de todos los lugares de Asturias, había también otros procedentes de la provin­cia vecina y hermana de León ¡pueblos perte­necientes a los ayuntamientos de La Robla, La Magdalena, Barrios de Luna, San Emiliano, Vilíamanin y Valencia de Don Juan, entre otros) y de la no menos vecina provincia de Lugo (fundamentalmente los pueblos con epicentro en Fonsagrada) y de la provincia de Zamora (zona de Benavente), ya que entonces todos esos lugares pertenecían eclesiásticamente a la Diócesis de Oviedo.
Creo que en toda la historia del Seminario la promoción 1952-53 ha sido la más numerosa de todos los tiempos.
El Seminario Menor de Covadonga se había instalado en el antiguo Hotel Favila el año anterior (hasta entonces estaba instalado en Valdediós, en lo que hoy es el Monasterio Cisterciense de Santa María de Valdediós y donde también había estado instalado el Se­minario Mayor hasta su traslado a Oviedo en el año 1951) por iniciativa del entonces Obispo de la Diócesis, Francisco Javier Lauzurica y Torralba, posteriormente primer arzobispo de Oviedo en el año 1954, un hombre enamorado de Covadonga y de la Santina, a quien se debe el resurgimiento del Santuario y numerosas obras realizadas en el mismo en aquellos años, algunas, desgraciadamente, todavía inconclu­sas en el momento actual.
El edificio del Seminario estaba, en su aspecto exterior, casi exactamente como ahora en que alberga la Escolanía y el Museo de Covadonga. Constaba (y consta) de un cuerpo central de bajo y tres pisos (el último con corredor tipo asturiano) y dos alas a cada lado del cuerpo principal, también de bajo y tres pisos (e! último, abuhardillado).
Entrando por la puerta principal había, a izquierda y derecha, dos pequeñas habitaciones destinadas a salas de visita
Enfrente se accedía al Salón de Actos. Al lado había otra puerta por la que se pasaba a la cocina y dependencias anejas y, por escalera descendente, a las dependencias de las Monjas, en las que había también una pequeña capilla para sus devociones y en la que decía diariamente la Misa el rector.
A la izquierda de la entrada principal estaba el Comedor y a la derecha el Salón de Juegos. En la parte principal del primer piso estaban las habitaciones y despachos del rector y del administrador.
Enfrente, a la derecha, junto a la escalera de acceso al 2° piso, estaba la habitación y despacho del Padre Espiritual y, enfrente, otro local que, al curso siguiente, se convirtió en la Sacristía de la Capilla del Seminario. A la izquierda, el Salón de Estudio; a la derecha, tres aulas.
En el segundo piso, en el cuerpo principal, estaba la habitación y despacho del secretario. Al lado, una habitación rnás grande, con despacho y capilla privada, destinada al obispo cuando venía a visitar el Seminario (una o dos veces en cada curso, y con estancias más prolongadas durante el cursillo de verano y la Novena de Covadonga) o al rector del Seminario de Oviedo, cuando venía también de visita.
A izquierda y derecha de este segundo piso ocupaban las dos alas laterales los espacios destinados a dormitorio. Estos espacios estaban abiertos y divididos, a uno y otro lado del pasillo, en camarillas, con un pequeño lavabo delante y armarios para guardar ropa y maletas. En cada división había tres camarillas, con cortinas por puerta, a uno y otro lado del pasillo.
Cada camarilla permitía que cupiese mínimamente una cama de 80 cm y una mesita.
Al fondo de la planta había tres huecos, uno más grande en el centro donde se ubicaban las duchas (se usaban una vez a la semana, el sábado) y los servicios, y otros dos más pequeños a cada lado destinados a albergar a los seminaristas (tres en cada habitación) de mayor edad.
La asignación de los dormitorios se hacía rigurosamente por cursos, de manera que en un ala del segundo piso estaban los alumnos de 2° curso, en la otra, parte de los del curso 1º y en el tercer piso (abuhardillado) el resto de los alumnos del curso 1° (especialmente, los más pequeños).
En la parte principal de este tercer piso estaban los despachos y habitaciones de los prefectos de disciplina, don Ananías y don Óscar
Al llegar el primer día de curso nos fueron asignando las camarillas y, después de colocar el colchón y el equipaje, nos bajaron a la Sala de Estudios. Allí iban a presentarnos e íbamos a empezar a conocer a los que iban a ser nuestros profesores.
En primer lugar el rector (o mejor protorector, dado que el rector titular del Seminario Menor y Mayor, era el del Seminario de Oviedo)
CÉSAR MARQUÉS, un sacerdote "pixuetu", muy elegante y atildado y muy preocupado por la amenazante alopecia, a la que combatía con dosis generosas de loción de azufre Veri. Don César fue nombrado al año siguiente Canónigo de Covadonga (aunque simultaneándolo con el Rectorado) y mantuvo dicha dignidad hasta el fin de sus días, aunque durante un tiempo fue también director de la Casa Sacerdotal de Oviedo.
Era una persona de gran autoridad (no autoritario) y muy exigente como profesor, impartía Latín a los alumnos de 2° y siempre había algún alumno que tenia que repetir dicho curso por el Latín de don César. Falleció hace poco tiempo.
REMIGIO LÓPEZ GARCÍA, administrador, per­sona exuberante, muy preocupado porque profesores y seminaristas tuviéramos todo lo necesario, pese al escaso presupuesto, pero controlador riguroso y minucioso del gasto. "Ira don Remigio" cuando alguno rompía algo era una prueba superior a los trabajos de Hércules. Bajo un semblante distante en apa­riencia, escondía un corazón de oro. Fue nombrado Canónigo de Covadonga a la vez que don César y murió relativamente joven.
RAMÓN IGLESIAS GARCÍA, secretario y profesor, gran latinista, persona elegante de físico menudo. Pasó posteriormente al Seminario Mayor (Latinos) como prefecto de disciplina y profesor de Lengua y Literatura. Fue luego Secretario particular del cardenal Tarancón en su época de arzobispo de Oviedo y terminó su vida activa como párroco de Santa María la Real de la Corte, en Oviedo, impulsando decisivamente la restauración de este templo. Está actualmente retirado y reside en la Casa Sacerdotal.
ANANÍAS ALONSO DOMÍNGUEZ, joven sacerdote leonés (se había ordenado en 1951}, prefecto de disciplina, profesor de Matemáticas y de Geografía e Historia, exigente, fuerte. A veces "soltaba la mano" como un consumado jugador de frontón. Al año siguiente fue nombrado director de la Casa de Ejercicios de Covadonga pasando a residir en la misma, pero continuó impartiendo las asignaturas citadas. Fue profesor de Religión posteriormente en un Instituto de Gijón y también falleció recientemente.
ÓSCAR DE LA ROZA COTO, sacerdote langreano, prefecto de disciplina y profesor de Latín, Lengua y Música. Había estudiado en la Universidad Pontificia de Comillas. Posteriormente pasó al Seminario Mayor, del que llegó a ser vicerrector. Fue luego nombrado párroco de San Francisco de Asís, en Oviedo, hasta su jubilación. También recientemente fallecido.
MANUEL FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Padre Espiritual, ovetense de Pumarín, lo más parecido a un santo que podíamos imaginar en aquellos años, todo corazón, entrega y bondad. Posteriormente fue, hasta su jubilación, primer párroco de San José de Pumarín, en Oviedo. Continúa asistiendo a los partidos de! Real Oviedo, del que es socio y forofo.
Un día especial en este comienzo de curso fue e! 5 de octubre, domingo.
Para asistir a la misa conventual solemne en la Basílica de Covadonga íbamos a estrenar la sotana (para la vida diaria en el Seminario usábamos ropa normal, con un mandilón gris/verdoso sobrepuesto).
El conjunto consistía en sotana negra con esclavina, fajín azul (en honor a la inmaculada) a la cintura y bonete con pompón también azul.
Para las misas y actos litúrgicos solemnes se sustituía la esclavina por roquete, con bordado en la parte inferior.
Fue todo un espectáculo: todos nos mirábamos unos a otros y, quien más, quien menos, cada uno se imaginaba ya como un futuro cura.
La vida diaria en el Seminario se ajustaba, más o menos, al siguiente horario:
7.00: Levantarse y aseo
7.30: Oraciones de la mañana, meditación y
Santa Misa.
8.30: Desayuno
9.00; Estudio
10.00: 1a clase (Latín)
12.30: 3ª cíase: (Matemáticas/Geografía)
13.30: Comida y recreo
15.30: Estudio.
16.30: 4a clase (Religión/Música).
17.30: Merienda y recreo,
18.30: Estudio
19.30: Rosario.
20.00: Estudio
21.30: Cena
22.15: Últimas oraciones, aseo y acostarse.
LA MEDITACIÓN, era impartida diariamente por el Padre Espiritual, don Manuel
LA MISA era oficiada, por turno semanal, por don Ramón, don Ananias y don Osear, auxiliados por dos acólitos (monaguillos) seminaristas, por riguroso orden alfabético, comenzando por los alumnos de 2° y siguiendo por los de 1°.
LAS CLASES eran impartidas por los respectivos profesores, y los estudios, recreos, desplazamientos al comedor, a la Basílica... eran vigilados, también en turno semanal, por don Ramón, don Ananias y don Óscar.
Las clases eran duras y exigentes y, dado el nivel heterogéneo de conocimientos y de edades de los seminaristas, había compañeros a los que les costaba un gran esfuerzo.
Sedaba especial importancia al Latín (gramática y traducciones) y a la Música, pero también se trabajaba a fondo el resto de las materias.
EL CURSO duraba 10 meses, desde octubre a junio, sin poder ir a casa ni por las vacaciones de Navidad ni en Semana Santa. En el verano, el mes de agosto los latinos (hasta 4° inclusive) realizábamos el curso de verano en el Seminario Mayor de Oviedo; los de 5° en adelante realizaban el curso de verano precisamente en Covadonga.
Durante el curso de verano en Oviedo, nos alojábamos en las habitaciones individuales de los teólogos, en la parte central del Seminario, lo que nos "prestaba" mucho.
LOS TEXTOS de Geografía, Historia y Religión eran de la editorial marista Edelvives, de Zaragoza; los de Latín y el Florilegio para las traducciones, de la editorial jesuíta Sal Terrae, de Comillas, y del autor Julio Cenzano el de Matemáticas.
EN RELIGIÓN se estudiaba, además, de memoria absoluta, el Catecismo del Padre Astete. Para las traducciones de Latín nos auxiliábamos la mayoría del diccionario latino-español de la editorial Vox, aunque algunos pocos, por tener hermanos o tíos sacerdotes, manejaban ya el descomunal diccionario de De Miguel.
EN LENGUA CASTELLANA, don Óscar, muy aficionado a la lectura, nos leía en ocasiones poesías extraídas del libro Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana, que luego nos hacía memorizar. Hay un compañero, Alfonso Rodríguez, gijonés, que aún recita de memoria en el día de hoy poesías aprendidas en aquel tiempo, como El Piyayo, de José Carlos de Luna; A Kempís, de Amado Ñervo; La canción del pirata, de Espronceda; Una cena, de B. Del Alcázar y de otros poetas, como los Quintero, Campoamor, Gabriel y Galán, Iriarte y Samaniego, Lope de Vega, los Machado y un largo etcétera. Otros días nos leía algún capítulo de un libro, sobre el que luego había que hacer una redacción al día siguiente.
Recuerdo que en una ocasión nos leyó el capítulo I de la novela del Padre Coloma Pequeñeces y nos mandó hacer a los dos días una redacción recordando lo más posible todo lo leído.
Hubo un compañero que transcribió casi exactamente el capitulo entero (incluyendo la poesía que comenzaba: "Dulcísimo recuerdo de mi vida,/ bendice a los que vamos a partir... /¡Oh, Virgen del Recuerdo dolorida,/ recibe Tú mi adiós de despedida,/y acuérdate de mí...!"..
Don Óscar se "mosqueó" y revolvió todos ios libros del compañero, sospechando que éste tenía dicho libro, pues le parecía imposible tal exactitud: El pobre compañero no había oído en su vida hablar ni del Padre Coloma, ni de Pequeneces ni de nada parecido.
De la dureza, a veces, de los estudios, pueden dar idea dos ejemplos:
En primer curso, el examen final de Geografía para los alumnos que aspiraban a obtener matricula o accésit consistió en (sin mapa mudo ni nada) situarse en el cabo Norte, en Suecia, e ir recorriendo todo el contorno europeo hasta el mar de Azof, señalando mares, golfos, estrechos, cabos, islas, penínsulas, ríos, países, etc.
Por cada omisión restaba 0,10 puntos. Pese a ello, don Ananias se vio negro para seleccionar matrículas y accésit.
En 2° curso el examen final de Historia, en las mismas condiciones, consistió en señalar los tratados de paz firmados por España con otras naciones durante los reinados de los Austrias, señalando naciones firmantes, territorios ganados y perdidos... con idéntica merma de 0,10 puntos por cada omisión.
LAS SESIONES DE ESTUDIO (cinco horas diarias, además de las clases) resultaban particularmente cansadas. Utilizábamos entonces palilleros con plumilla (no se conocían los bolígrafos y las plumas estilográficas eran un lujo fuera de nuestro alcance), que mojábamos en el tintero del pupitre. Dicho tintero había que rellenarlo de la botella de tinta