COVADONGA
 

MIGUEL ÁNGEL DÍAZ BARDALES

Miguel Ángel Díaz Bardales, compañero en el Seminario durante tres años y, en los últimos 15 años, participante asiduo en las reuniones semestrales del Curso Covadonga52, falleció en Madrid, en el Hospital de La Paz al amanecer del día 31 de octubre de 2014, afectado por un cáncer de colon y, precisamente, dos días antes de cumplir los 73 años.
Nosotros hemos perdido un buen amigo; unimos nuestros sentimientos de pena y de vacío a los de su esposa Dori a quien conoció y enamoró en Ribadesella, ¿dónde, sino? (ella también nos acompañó en Covadonga en alguna de nuestras reuniones de octubre) y al de sus tres maravillosos hijos. Perder un esposo es especialmente doloroso - un hueco que nunca se llena - y perder un padre deja una fuerte experiencia de desnudez y de falta de referencia.
Bardales era un persona siempre alegre –  compartiendo este ‘estilo de ser’ con su familia de sangre - , entusiasta y ‘vitalista’. Lo decía así su hija Ana en el día de su despedida en el Tanatorio de Oviedo: “disfrutaba ante cualquier situación con que se encontraba y la vivía con fruición”.  Le gustaba, en fin, saborear la vida, especialmente con los suyos, con su familia, que se va multiplicando, y a la que estaba ‘tan apegado’. Era, además, de las personas que agradeces encontrar, bien para un saludo rápido o para entretenerse en una conversación prolongada.
Le afectaría, sin duda, su situación última de enfermedad pero no lo manifestaba, no presentaba ese síndrome de contrariedad y de queja de la vida; ahí también manifestó su dignidad y ¡no debe ser nada fácil!
En su etapa laboral fue amante y celoso de su trabajo y en estos años disfrutaba plenamente de su situación privilegiada de jubilado.
‘Un hombre sabio ha de estar preparado para todo; sabe cómo protegerse y agradece los placeres que la vida le ha ofrecido y no se enfurece o se queja cuando la dicha toca a su fin’.
Quiero destacar, igualmente, que tenía un estilo personal sencillo, llano, sin remilgos ni complicaciones. Bien podía suscribir estas notas copiadas de algún autor: “que no crezca jamás en mis entrañas esa calma llamada escepticismo, huya yo del resabio, del cinismo, de la imparcialidad de hombros encogidos. Crea yo siempre en la vida, crea yo siempre en las mil infinitas posibilidades. Engáñenme los cantos de sirenas, tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua. Que nunca se parezca mi epidermis a la piel de un paquidermo inconmovible, helado. Llore yo todavía por sueños imposibles”.
Como colofón sentido y personalizado a este recordatorio de Ángel añadiría:
‘Dios ha querido que dedicara mi vida a ayudar a los demás, pero no ha querido que me marchara de este mundo sin dejarme ayudar por ellos. Dejarse ayudar es un nivel de espiritualidad superior al de simple ayudar. Quien se deja a ayudar se parece a Cristo más que quien ayuda. Pero nadie que no haya ayudado a sus semejantes sabrá dejarse ayudar cuando llegue su momento’.
Su periplo vital recorrió un trayecto de ida y vuelta: Ribadesella – Oviedo – Madrid – Oviedo –Ribadesella con alguna escala en Carrión de los Condes, en Covadonga y en Gijón. Para él, pues, ‘de Madrid al cielo’, no;
para él, ‘de Ribadesella al cielo’.
Miguel Ángel, tal como te despedía siempre que te enviaba una convocatoria para ‘nuestras reuniones’, PAX TECUM.


Ceferino Álvarez Bermúdez