COVADONGA
 

JOSE PÉREZ BARCIA

El pueblo - VILASECA (Negueira, Lugo) - donde Pepe vivió su primer amanecer el día 10 de marzo de 1940, hijo de José Antonio y América, bebe del río Navia y de las nieves de Pedras Apañadas para regar los fértiles huertos, las laboriosas tierras de cultivo y los viñedos cuidados con celo.
Esta tierra feraz, en el curso del río Navia, quedó empobrecida al ser anegadas sus mejores vegas por el embalsamiento de las aguas del pantano de Salime; era entonces ‘una tierra que manaba leche y miel… y vino’
En esta remota aldea se desarrolló su niñez con el cuidado de sus padres y hermanos y donde él aprendió a amar la tierra, el aire, el agua y el fuego, amor y cuidado que él practicó también con sus propias manos de niño, primero y de adolescente después, en los períodos vacacionales del Seminario.
A la edad de 10 años fue trasplantado a un pueblo de Boal, Rozadas, tierra original de su madre y donde estuvo al cuidado de sus tíos maternos.
Allí, a la sombra de sus tíos sacerdotes D. José y D. Cándido Barcia Rubio nació su vocación infantil al sacerdocio; así, en el año 1952, inició una nueva etapa en su vida, junto con una centena más de críos, en el Seminario Menor de Covadonga.
Desde aquel lejano día 2 de octubre de 1952 hasta la fecha de su fallecimiento, el 30 de noviembre de 2021, siguieron muy unidos los caminos de muchos de nosotros.
¡Cuántos sacerdotes fueron sobrinos de otro sacerdote, como Pepe por partida doble! Ahora no se prodiga esta relación ‘tío-sacerdote/sobrino-seminarista…’
En los años de estudios Eclesiásticos, Pepe fue nombrado ‘Antiguo’ que era una categoría de ‘primus inter pares’ para cuidar de sus compañeros, en consideración a sus cualidades de bonhomía, discreción y afabilidad como escribe su compañero Ramón Alonso Nieda en escrito obituario el día de su muerte: ‘desde aquella altura suya nos miraba con modestia y sus ojos claros se plisaban en un guiño indeciso entre la timidez y la ironía… por su estatura y seriedad nos hacía olvidar que era tan niño como los demás’.
Así seguíamos recibiéndolo en nuestras reuniones periódicas.
José Pérez Barcia (con frecuencia, entre nosotros Barcia, ‘olvidando’ el apellido del padre), ‘D. José’ (‘Don Jo’, como se le conocía cariñosamente en Cudillero) era ‘el Señor Cura’ que todos quisiéramos ser: discreto, perseverante, afable, disponible, bondadoso… Estas reconocidas cualidades de Pepe nos hacen recordar los atributos que los cristianos ponemos en la propia persona de San José.
En 1964 se estrenó como sacerdote en la Cuenca del Nalón, en la parroquia de San Andrés de El Entrego y a los pocos años fue llamado al Seminario para ser Formador-Preceptor de ‘los latinos’, que eran los seminaristas pequeños, valorando así en Pepe ‘su buena mano’ con los adolescentes.
En 1970, ‘vellis-nollis’, es designado para ayudar temporalmente a su tío, Don José, que era el párroco de Cudillero y había sido nombrado Vicario de Occidente y ‘la provisionalidad’ duró 50 años hasta que menguaron un poco sus fuerzas y aceptó retirarse con ‘todos los trabajos bien hechos’ como sacerdote, como vecino y como acompañante según los testimonios de los vecinos pixuetos:
‘sin duda vivirá en Cudillero, al menos otros cincuenta años más’,
‘nunca buscó fotos pero en la trastienda era un pilar para muchas personas’,
‘nos enseñó a ser buenos con alegría y con paciencia’,
‘siempre recordaré su cariño’,
‘se fue siendo lucense de nacimiento, pero “un pixueto más”, el mejor ejemplo de hijo adoptivo del concejo’.
En su ‘curriculum’ figuran los cargos que fue desempeñando: Coadjutor, Formador, Regente, Encargado, Párroco, Arcipreste, Consejero, Vicario, Consultor, Consiliario, Capellán… que indican claramente la estima y valoración de sus compañeros y la apreciación de sus Obispos.
En la Casa Parroquial de Cudillero residieron hasta su muerte sus tíos sacerdotes Don José, fallecido en el año 1972 y D. Cándido en el año 2017 después de una larga y dolorosa enfermedad. Pepe y su hermana Celia fueron los cuidadores pacientes para ellos y otros familiares.
En estos últimos meses en la Casa Sacerdotal, acompañado desde siempre de su hermana mayor Celia, fue disciplinado y buen compañero, realizando las tareas que le iban encomendando. En los últimos días, según palabras del Director de la Casa, estaba ensayando con los demás residentes los cantos de Adviento y Navidad; su participación notable en la’ cuerda de bajos’ de la Schola Cantorum del Seminario y su preparación como director de coro  le venían de atrás, de su etapa en el Seminario.
Se podría decir, pues, que ‘le sobrevino el ictus en esta cultivada actividad artística’.
Las muertes de compañeros del Curso 1952-1964 van repitiéndose cada vez con mayor frecuencia; en lenguaje popular: ‘los tiros suenan cada vez más cerca’. San Pablo nos advierte: ‘aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día’ (2 Co 4, 16).
Como él leyó y predicó tantas veces en su vida de sacerdote, que sea recibido con júbilo eterno:
‘eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco: pasa al Banquete de tu Señor’ (Mt 25,21).


Ceferino Álvarez Bermúdez