COVADONGA
 

 

 

Articulos y colaboraciones de Angel Solís Alvarez

- Covadonga
Covadonga, sí. Para los que gustan de la historia, arquitectura, paisaje, motivaciones e intereses turísticos  y, sobre todo, los que por medio de María se acercan a Dios. Trabajos, estudios, investigación, reuniones, liturgia: todo formidable.
Pero también está el – 52; para otros antes o después. Ahí estamos nosotros, vinculados a Covadonga, a donde llegamos en busca de una meta; cumplida o no, “un año más reunidos..., convencidos… de que estamos predestinados a permanecer unidos al recuerdo de un pasado”. Y tenemos la maravillosa oportunidad, en esta nuestra página, de reconocernos y apoyarnos, expresando nuestras experiencias y actividades, nuestros criterios y anhelos, satisfacciones y penalidades, limitaciones y críticas, proyectos y desilusiones. Es nuestra vida y la valoramos dejando constancia.
Como coronación de saludos afectuosos y con asombro de lo que somos o cómo estamos, celebramos la Eucaristía, en primer lugar como “acción de gracias”, naturalmente por lo mucho bueno recibido y espiritualmente por SU llegada, permanencia y transformación en nosotros; en segundo lugar como “comunión” con El, con los compañeros, con todo humano y lo humanizado.
El compañerismo solo tiene un rostro: el del pan compartido. No hay comunión, compartir el pan, sin implicarse activamente al lado del hambriento de pan, compañía, comprensión o ayuda. El “tomad y comed todos de él” nos remite a quienes lo trabajan y a los que carecen de él. Eucaristía significa y reactualiza el derecho al alimento, al pan de la tierra, que permite el derecho al del cielo.
Los necesitados, los sufrientes, partículas de la Eucaristía que reaniman permanentemente la pasión de Cristo, nos interpelan en la comprensión, práctica y participación en ese sacramento del Pan de vida. Es una ligereza nuestra Misa si no es una anamnesis del drama de vida que sufren algunos compañeros.
¿Conocemos alguno que necesite de ayuda, mientras nosotros hacemos gala de autosuficiencia? Cada uno ha de estar en tarea de vigilante observación y comunicación a nuestro centro de “intendencia”. Sabiendo a quién y contando con la solidaridad, consecuente con los principios recibidos desde el -52, que nos compromete a dar hasta lo que necesitamos, es fácil y satisfactoria la comunión.

Angel Solís.  2010.

POR   LOS   SIGLOS

Cuando Simón el Mago pretende conseguir de Pedro el don del Espíritu, considerado por él como gran poder de prestigio y dinero, se iniciaba en los peldaños del aparato eclesial una resbaladiza carrera de ambición, soberbia, avaricia y traiciones, muy habitual en toda estructura de autoridad.
Al lado de las sinceras conciencias, trepan los humanos miserables que venden su alma al diablo por un plato de lentejas. Unos con la autosuficiencia académica de salvadores de la fe, otros con la pereza y placer del bien vivir y los más agudos, fríos y estrategas dominando el resplandor de las cumbres.
La apreciación surge de los hechos; hace poco unos ancianos se sentían confiadamente liberados al vomitar el mal gusto de su contacto con alguno de estos ejemplares: “recuerdo la torta que me solmenó por no saber la pregunta del catecismo”, “y yo el frío que recorría mis huesos cuando le encontraba”, “pues yo oí a uno blasfemar, estaba borracho”, “qué vergüenza ajena sentía yo al tintineo de las perronas acompasado del gori gori”, “me parece que si no cobrasen las misas, no dirían tantas”, “ pienso que tenían que ganarse el pan ejerciendo una profesión”, “de su paso por acá solo quedó desorganización y …., solo era un trepa”, “yo creo que no creen ellos en nada”.
Mientras ponía ecuanimidad en las apreciaciones y valoraba el bien que, por serlo, es humilde y no se ve, recordé que por algún lugar conservaba una reveladora copia de un pasaje de la novela ”La piel del tambor” de Pérez-Reverte, que decía: “Se santiguó mecánicamente ante el Cristo rodeado de polvorientos exvotos; Quart, hombre de la curia vaticana, nunca había sentido, al contrario que la mayoría de sus iguales, la certidumbre del parentesco divino del hombre, Jesús de Nazaret, cuya imagen tenía delante clamando al ”¡Abba!, ¿por qué me has abandonado?”. Supo guardarlo en secreto durante el “adiestramiento” en el Seminario. Lo importante en estos años fue el descubrimiento de una disciplina, unas normas según las que ordenar su vida, manteniendo a raya la certeza de un vacío….; igual habría podido ingresar en el ejército, en una secta, en una orden medieval de monjes soldados; le bastaban su propio orgullo, su autodisciplina y un reglamento. A menudo sentía nostalgia de aquella otra fe, o tan solo de la fe a secas de quienes, pobres y humildes, nombraban a Dios y se abrían camino hacia el Cielo y la vida eterna. También, por supuesto, rechazaba la religión de antes, la de siempre, la del sacerdote de sotana y latín, intermediario imprescindible entre el hombre y los grandes misterios; la iglesia del consuelo y la fe, cuando las catedrales, las vidrieras góticas, los retablos barrocos, las imágenes y las pinturas que mostraban la gloria de Dios cumplían la misión desempeñada ahora por las pantallas de los televisores: tranquilizar al hombre ante el horror de su propia soledad, de la muerte y del vacío”.
Con tristeza y con esperanza solo cabe: Conserva, Señor, tu Espíritu en esta Iglesia de pobres, y, a los que tú eliges como pastores, santifícalos en la verdad.

Angel Solís A

OTRA  PEDAGOGÍA

Un frío, austero y semioscuro local al socaire de la iglesia; alrededor de una mesa dialogábamos amistosa y periódicamente Ceferino (electricista), Eduardo (metalúrgico), Ovidio (administrativo), Luis y Chema (mineros) y un servidor, sacerdote, novato e idealista que hacía esfuerzos por aterrizar en este mundo. Adultos y preocupados por algo más que su pan y su ocio, de lo que, en aquel entonces, no se andaba sobrados; superaban además el recelo de unos y la suspicacia de otros, aunque algo valía mi sombra.
El tema de conversación solía ser algo cercano, experimentado, sobre lo que había cierto control y posible compromiso, p.e.: mi compañero está accidentado o enfermo y el “montepío” no le alcanza; hay problemas en el transporte colectivo; o, me están exigiendo demasiadas horas extra. Solía estar documentado consultando pequeños libros monográficos de la editorial ZIX, o a través de nuestra suscripción a una puntual información jurídica socio-laboral y al periódico “Mundo Obrero”, además del siempre presente Nuevo Testamento. Cierto día me empeñé en tratar un tema más general: la Igle sia; eran reticentes porque ya no controlaban el contenido, se sentían divagando perdidos, no hacían pié en terreno seguro y no vislumbraban eficacia alguna; mejor hubiera sido ir por partes.
Comenzamos por VER cómo se presentaba la Iglesia, qué hace, cómo es aceptada o rechazada, fallos y beneficios, etc.; fue especial tarea contemplativa de ellos y ya veían una Iglesia más cercana; hubo materia abundante. El segundo paso fue JUZGAR esta realidad desde la mirada de Jesucristo; fue mi aportación descubrirles la sustancia evangélica de esta nuestra Iglesia. Por fín consideramos que en algo podríamos ACTUAR para testimoniar, corregir, fortalecer y sentir en nuestras conciencias, o sea, amar con esperanza. Dio el tema para varias reuniones y de las anotaciones sacamos lo siguiente en limpio:
VER:
Hablar de Iglesia y, de inmediato, la mirada se va a una lejana Jerarquía.
Los creyentes se ven como una masa silenciosa, obediente e individualista, con vistas solo al más allá.
El emblema original, el amor, se practica parcialmente, aunque existen gestos de oculto sacrificio heroico y santidad silenciosa.
Mucha palabra no comprendida, mucha Misa y poco testimonio, máxime de acercamiento a los pobres.
Pero reconocemos que es el único “lugar” donde encuentras acogida, servicio, ayuda, consuelo y orientación.
Se da un corteje con los poderes políticos y económicos; sin embargo se comienza a promocionar líderes y actividades a favor de los empobrecidos.
A pesar de persecuciones y fallos personales, la Iglesia mantuvo encendida la lámpara del sentido de Dios en la conciencia del pueblo.
No hace lo suficiente por la formación del pueblo y éste se queda en un ritualismo social; también está inmóvil ante las exigencias de un mundo en cambio, pero van conociéndose los planteamientos del Concilio Vaticano II.
En las celebraciones populares hay desviaciones, pero son signo de pertenencia a la Iglesia.
Hay poca atención personalizada; escasean grupos como el nuestro.
JUZGAR:
La Iglesia es pueblo, comunidad abierta para todos, en primer lugar para los pobres y sufrientes.
No es un grupo de poder ni económico, ni político, ni siquiera un humanismo benefactor.
Es pueblo de Dios con la presencia de Cristo y animado por su Espíritu, que comunica a todas las personas, de todos los tiempos, la Buena Noticia de liberación integral del homro de Dios en sus hijos.
Cristo es su fundador y único mediador entre Dios y los hombres; El Obispo y el Sacerdote es “ordenado” a ser signo visible y eficaz del mismo Cristo Maestro, Pastor y Pontífice. La transformación del mundo que nos propone no llega a su plenitud aquí, sino en la unión trinitaria consumada y glorificada.
El hombre solo es reconocido en su realidad íntima y dignidad personal en Cristo, el Hijo de Dios vivo que comparte con el hombre las alegrías, trabajos, y sufrimientos de esta vida y la herencia de la vida eterna; él restaura desde dentro su dignidad, que pone en práctica con su libertad, trabajo y sabiduría.
Cristo, motor de la historia e inspirador de un cambio social, no queda solo en el ámbito de la conciencia individual; es capaz de transformar nuestra realidad personal y social y de encaminarla hacia la libertad y la fraternidad.
Aceptar a Cristo exige aceptar a su Iglesia: “Quien a vosotros oye, a Mí me oye”. Ella es objeto de nuestra fe, amor y lealtad.
La Iglesia no destruye, sino que consolida valores, los renueva y los perfecciona por la presencia activa del Resucitado; también critica y purifica los antivalores erigidos en ídolos.
ACTUAR:
* Siendo así que “sin Mí no podéis hacer nada”, esta acción del Espíritu de Jesús la expresamos en la oración y al escuchar la palabra de Dios; se testimonia en la vida, se comunica en la educación y se comparte en el diálogo.
* Pedimos a los sacerdotes una apertura litúrgica adaptada a la cultura y un vocabulario inteligible para los asistentes.
* Que salgan de su sacristía y despacho, aunque no demasiado al bar, y estén más cercanos al mucho dolor físico, social y afectivo que hay en muchos hogares.
* Pensamos que los religiosos-as han de tener más contacto y servicio en las parroquias, fomentando la lectura de la Biblia, desde la cual se da una palabra de admiración, de consuelo, de corrección, de luz, de seguridad.
* Han de ser más independientes de los poderes de este mundo y promover un ambiente sano de vinculación y solidaridad entre las familias.
* Acompañar los esfuerzos y esperanzas especialmente de los más pobres y descubrirles el valor cristiano de su vida  y trabajo; que la parroquia sea centro de coordinación y animación de grupos y movimientos.
* Dejarse de tantas prohibiciones y confiar más en la fuerza de la verdad, en la educación para la libertad y en el amor como regla fundamental, demostrando su dimensión misionera al atender a marginados, emigrantes, alejados de la fe, etc.
* Unidos en los esfuerzos habrá mejor aprovechamiento de los medios de comunicación y nuestra colaboración de laicos no clericalizados en cualquier ministerio que no exija el “orden”.
* Tenemos el compromiso de testimonio e implicación en los problemas  sociales y familiares: servicio, defensa, correo de propuestas y esperanzas.
………………………………..
La “revisión de vida” y la “encuesta” son los recursos didácticos presentes en la “formación por la acción” que abrió campos de compromiso social y esperanza cristiana. Pedagogía añorada de la JOC (Juventud Obrera Católica) y de la HOAC (Hermanad Obrera de Acción Católica). ¿Acaso está trasnochada? ¿Hay puestos en marcha otros recursos  pastorales, alejados del pietismo y moralismo, para la atención y promoción de un laicado responsable, máxime entre la clase obrera? Más bien habrá que preguntar por qué seguimos con una versión un tanto ambigua de la Doctrina Social de la Iglesia, mientras a la gran masa no llega ni un rayo de LUZ.

Angel Solís A.

¿TE MIRAS ?

Y acaso no te reconozcas; era tu imagen, pero la han prostituido. Tu eres de otro mundo; dicen el tercero o cuarto, el mayor, el de los 4.000 millones de hambrientos, la subespecie de los sobrantes, los excluidos.
Tú, que serías inmensamente feliz con el cariño de tu familia y el pan de cada día, cómo vas a imaginar la inmensidad del desorden que te está matando. Mira, un ejemplo: el patrimonio de las 360 personas con activos superiores a 1.000 millones de dólares, superan al ingreso anual de la mitad de la población mundial. Ni tu, ni yo somos capaces de digerir tales cálculos; solo sabemos que este desorden que llaman neocapitalismo no tiene corazón y disfruta de impunidad para la violencia más duradera.
Callas, no entiendes nada; te seguiré explicando: había una utopía llamada igualdad; por caminar hacia ella, muchos cayeron en el esfuerzo; aún hay algunos idealistas que siguen testimoniando una opción por los pobres. Pero una fría niebla, la cultura light de moda, trata de tapar y olvidar este signo de los tiempos, que es el pueblo crucificado; es el pecado de la gran ramera que Juan llamaba asesinato y mentira, Pablo, opresión de la verdad y arrogancia ante Dios, y yo, servir al dinero, aborrecer a Dios y poner cargas intolerables.
¿Sabes?: yo siempre fui pobre con los pobres y víctima con las víctimas, pero molestaba saberlo; el objeto de estudio de los teólogos se esclarecería si estuviesen más cerca de ti y de mí. Mejor dejaban de teorizar sobre la justificación, algo así como fiscalizar la misericordia divina, e insistir más en otra relación teologal: tú y yo somos uno. “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí y pago en mi cuerpo lo que falta a su pasión”; qué bien lo entendía mi amigo Pablo. El Padre ama al pobre, al sufriente, por el solo hecho de serlo. Se despejaría nuestro rostro, se haría visible a los que viven en tinieblas y se abriría camino la tarea de bajar de esta cruz, mejor, de tu cruz, que es la mía, a los crucificados de la historia.
Es muy triste: nos quieren ignorar; a unos os envían a la fosa y a otros nos encubren con oro o con barato carmín. Pero, nos haremos ver, somos sacramento, presencia divina, luz y utopía, esfuerzo y esperanza, interpelación y exigencia, acogida y perdón. Vamos juntos, “te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Angel Solís A.

POR UNA CULTURA DE LA VIDA

No es un empujón al pesimismo fatalista, sino una voz más en el desierto de la sinrazón y de la pirámide demográfica invertida. En este “primer mundo” de abundancia y crecimiento económico, aunque existan crisis recurrentes, es más generalizada la que se llama crisis de la cultura de la vida.
Siempre, por sentido natural, se ha defendido la vida como el bien supremo de tejas abajo; quedó plasmado en nuestra cultura por el principio antropológico de Hipócrates “Primun non nocere” (primero no dañar), y lo segundo “hacer de acuerdo con mi poder y discernimiento lo que será en beneficio de los enfermos y les apartaré del perjuicio y del terror”. Ética elemental, hoy pisada por el relativismo, según el cual no hay más certeza que la incertidumbre, como se escuchó entre los premiados “Príncipe de Asturias, 2010”.
Los resultados están a la vista y, despavoridos, los releemos: campañas difundiendo mentalidad antivida; anticoncepción y aborto; eutanasia; provocadores de muerte como alcohol, drogas, espectáculos degradantes; sexo desvinculado de su dimensión psicológica, social, ética y transcendente, sin más objetivo que el consumo egoísta, unido con frecuencia a prácticas antinaturales, pedofilia, prostitución, pansexualismo; falta de ayuda a los padres y hasta destrucción de la familia, nido de la vida. Esto y más en un marco de violencia provocada por el hambre, miseria, marginación, terrorismo, corrupción, guerras neocoloniales, inestabilidad política y económica. Una estructura global de indefensión de la vida.
Donde pervive la conciencia moral hay sentido de la vida, se descubren los sentimientos más nobles, se forman las actitudes y se vislumbra la transcendencia. Al deteriorarse, las razones de la fuerza sustituyen a la fuerza de la razón; al olvidarse del Creador se desprecia la criatura. Lo que priva y se promociona es el individualismo; cierta pseudociencia y técnica crean al superhombre que no debe rendir cuentas a nadie; los mas-media difunden la ideología del hombre superficial, light, consumista, con un pasatiempo fácil del presente. Los grupos de poder mundiales no encuentran freno en organizaciones fuertes que propugnen un compromiso social, prevaleciendo el interés de los poderosos. La Iglesia, bastión de la cultura de la vida, o ha perdido su influencia social o no pone toda la carne en el asador.
Toda vida es valor y la humana, toda, es digna, sagrada, don e imagen de Dios; con categoría suprema por su espíritu con facultades como la razón, el discernimiento del bien y del mal, la libre voluntad y la gracia. Lo religioso ilumina la verdad sobre la persona humana; la persona de Jesucristo expresa la dignidad humana, es camino de realización del hombre y la mujer que vencen al pecado y la muerte, por eso, cada instante de la vida humana tiene el sentido y el valor de la salvación.
Desde esta perspectiva somos críticos con la cultura de la muerte: no se puede llamar al crimen del aborto un derecho a la libertad, la sexualidad no es solo cuestión genital o mercancía desvinculada del amor, de la responsabilidad, de la realización de las personas en sociedad; el matrimonio no es un simple contrato comercial, sino un don que se comparte en pareja, varón-mujer, construir familia-comunidad de amor, con fidelidad y respeto mutuos, abierto a la acogida de hijos, donde se aprende a ser persona. Con el voto decimos NO a unos partidos que no tienen entre sus objetivos principales defender la vida.
Padres y educadores fomentan el sentido verdadero de la vida, con amor, respeto y fe. Los agentes pastorales, sociales, políticos, cristianos y personas de buena voluntad han de colaborar más a reafirmar la cultura de la vida.

Angel  Solís  A.

SIN LACITOS

Ni rojos de la lucha esforzada, ni blancos de la inocencia…., ni negros del dolor y luto, ni verdes de la esperanza, ni amarillos de la indecisión y…riqueza.
La limitación personal busca el subterfugio y apoyo del grupo, de la multitud, del vocerío; el vacío interior se suple con el ropaje exterior y la dudosa identidad se llena con fariseísmo.
El íntegro laico cristiano va a la manifestación y a la huelga a cara descubierta, con la sola bandera de la justicia, de la libertad y dignidad humana; codo con codo de sus compañeros de buena voluntad, aunque estos lleven, porque lo necesitan o son empujados a ello, sus banderas, sus símbolos y sus slogans. Es iniciativa suya, porque tiene derecho a ello, porque su “misión” es el compromiso creativo y personal en la construcción de este mundo y porque tiene más sentido del ridículo por una asistencia clericalizada a la manifestación.
Si quiere, con uno u otro brazo en alto, pero siempre con la mano abierta de la acogida y solidaridad, del stop al desorden y de la orientación a la paz y el progreso. Mano blanca, si quieres, pero no la del puñito impoluto, sino la manchada para decir ¡basta! a la barbarie. Camisa roja, si quieres, pero no la impuesta por una ideología, sino manchada, según canta el minero:”traigo la camisa roja, tra, la, ra, de sangre de un compañero; mira, mira Maruxina, mira, mira cómo vengo yo”.
Mancharse, comprometerse, mojarse, participar, colaborar, defender, ayudar, com-padecer; esto es la identidad y el camino. Los símbolos pueden, según las circunstancias, interpretarse de forma muy contradictoria: no es lo mismo la imitadora cruz de madera de S. Francisco de Asís que el encubridor y refulgente pectoral; los símbolos más sagrados fueron interpretados como odiosos en los años de la guerra, anteriores y posteriores.
Una orientación de la Jerarquía Eclesiástica es vista como una opción de la Iglesia; una equivocación, como una sentencia condenatoria a la misma. Los que quisieran ver a la Iglesia como un partido, o aliada con otro, ¡cómo gozarían verla morir en esa lid política! Qué pena que por un lacito “se pierdan algunos”.

Angel Solís

POLÍTICA   SAGRADA

Aún se escucha: “Yo no entiendo, ni quiero saber nada de política”.
Que está equivocado, es obvio y lamentable; todo lo humano discurre por la correa de transmisión llamada política. Más explicaciones, en la Escuela de Primaria.
Otro paso es quién y cómo hacer política. La puerta de entrada a esos grandes edificios, centros de poder, se da por supuesto que es la capacidad para (no de”mentir con elegancia”) y la voluntad de (no de aprovecharse) sino  servir al bien común.
Tenemos un orden político, el menos desordenado, llamado democracia. Por él todos podemos y debemos participar en la solución de los problemas de la sociedad, que también son de cada uno, así como su libertad y orientación. Implicarse, o al menos conocer y decidir votando, es vocación de todos. Es cierto que todo puede mejorar y no estaría de más un plus de autogestión. El cristiano, con más razón que nadie, debe estar presente, aunque en la práctica “los hijos de las tinieblas suelen ser más espabilados que los hijos de la luz”. El está llamado a transformar las siempre vigentes estructuras de pecado  y ofrecer con su esfuerzo un holocausto de mundo humanizado, donde toda persona sea reconocida “imagen de Dios”.
En este mundo, en que todo está en relación con todo, ignorar la dimensión política es una irresponsabilidad. Incluso esta Iglesia de hombres tiene que ver con la política y también la teología en cuanto es un quehacer humano, histórico y social. Los sucesos de la “Historia Sagrada” que nos relataban de niños no son antiguas mitologías, ni tampoco estrictos hechos políticos o sociales, sino formas de contar acontecimientos salvíficos centrales en un contexto político. Recuerda el Éxodo: no se trata de una simple huída liberadora por el desierto sino de la expresión anticipada de la deliberada liberación definitiva, de la salvación en todos los aspectos; así lo proclamó Israel en la alabanza divina y en el culto. O el mensaje y acción de Jesús de Nazaret, que no se exhibe como guerrillero, sino que propone una revolución escatológica, un Reino de Dios y no al estilo de este mundo, la libertad última del hombre, libertad del pecado en este mundo y de la muerte en el otro.
Esta salvación integral del hombre incluye el plano histórico, social y político. La liberación de Israel también fue política: “los opresores y explotadores fueron derrotados”, “los extranjeros se aceptan como hermanos, porque también vosotros fuisteis emigrantes”, “de las armas se hicieron azadas” y “los racimos cubrieron las montañas”. Jesús, en su praxis y teoría, se movió en esta línea de choque contra toda clase de opresores, según aprendió de la oración de su Madre, María: “Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su corazón; derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes; a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc.1, 51-53).
Es ajusticiado como “rey de los judíos”, pero la comunidad cristiana lo asumió como perdón y promesa de Paraíso. Él mismo está seguro que resucitará en cuerpo y alma y que “vuelve al Padre”, “a la Ciudad de Dios”, a “la Nueva Jerusalén”, no identificable con comunidad política alguna, pero estando siempre esta en perspectiva de aquella, en búsqueda activa y creadora de un orden político en libertad y justicia. No politicemos la cruz, pero no olvidemos que también fue un acontecimiento político; ella es luz salvadora incluso sobre el espacio político, máxime a la hora de “pasar por la puerta estrecha” y la solidaridad.

Angel  Solís

QUEDA UN RESTO

Es una promesa. Es una necesidad. Está probada. Primero El, luego nosotros, las personas y cuanto hemos humanizado.
De lo mucho que hemos experimentado y estudiado queda poca cosa, un poso, una «madre» con vocación de vida, de permanencia. Y otro tanto de lo mismo: los ciclos inconmesurables del universo discurrieron, las eras millonarias de la Tierra se fueron, las etapas de la humanidad pasaron,  pueblos y naciones emergieron y se acabaron. De todo este providencial camino, ¿queda algo? Parece necio negarlo; este es nuestro mundo, para nosotros hermoso, aunque para los más aún es muy penoso.
Ya  para los antiguos profetas el tema era acuciante y la Palabra de la Verdad da una pista: «de este pueblo, Israel, exiliado y con su Ciudad Santa destruida, quedará un resto». Son los pobres de Yahvé; y de entre estos:»Señor, y si solo queda uno que sea justo, ¿no los perdonarás a todos? Sí, por uno solo, habrá perdón para todos».
Nacieron prohombres y grandes mujeres, influyentes en el reír y llorar de generaciones; unos construyeron, otros destruyeron. Todos despojaron a la puerta del cementerio su «vida con sus sueños»; «sic transit gloria mundi».
Por dignidad de «ser», por el absurdo de la «nada», porque es obligado, humano y razonable «un principio para», también es esperanzadora una meta equiparable.
Un resto, una diferencia. Ya no hay todo lo que estaba destinado por constitución a disminuir; ya lo ha sustraído la condición humana y el signo de la muerte siempre le acompaña. Es diferente; aunque conserve algo de lo mismo, tiene cualidad de otro; es un resto ya supervalorado, ya limpio, ya justificado, ya permanente.
Y, ¿en qué consiste? Misterio de «vida eterna» solo asumible para los sencillos de corazón; aquellos «hombres de Dios que, guiados por su Palabra, están equipados para toda clase de obras buenas». - ¿Sabes que murió fulanito? Qué vamos hacer, ley de vida; era una buena persona»-. Eso es lo que queda, pero no en el recuerdo que pronto se desvanece; queda en sus manos: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu».
Sí, nuestro cuerpo animal, nuestra alma por la que el cuerpo ejerce sus funciones vitales y nuestro espíritu que nos hace personas, porque no basta este cuerpo neuronal, como si por evolución y fruto del azar generara la vida espiritual. Hace falta apreciar en la persona un espíritu creado que haga coincidir en el alma la espiritualidad y la vida sensible. «Y Dios espiró en el rostro de Adán un aliento espiritual que le hizo ser parecido a El»; es lo más íntimo participativo de la Divinidad y, por eso, inmortal: «se siembra un cuerpo corruptible (porque se agota la fuerza que lo anima) y resucita un cuerpo espiritual», o sea, permanece este que, por regalo amoroso, participa del «espíritu vivificante», se deja guiar por el Espíritu, incluso espiritualizando las obras sobre la materia, muy especialmente «aquellos que anudaste a mi querer». Es la persona que, con su libertad bien orientada, supera al individuo condicionado por la materia y es capaz de relacionarse con Dios y entrar en comunión con otras personas. Es una realidad que los cálculos científicos no constatan.
«Si el primer Adán llegó a ser alma viviente, el último, Cristo, ha llegado a ser espíritu vivificante». Cuando «el Verbo se hizo carne», todo lo natural, todo hombre, fue asumido por ese espíritu vivificante, capaz de obras espirituales, aquellas que son recreadas por el amor, único generador de vida, obras configuradas como valor, positivas, que permanecen. Es «el único Justo» quien nos justifica y en su glorificación participamos como un resto elegido que peregrina a la «Nueva Jerusalén
Es una promesa. Es una necesidad. Está probada. Primero El, luego nosotros, las personas y cuanto hemos humanizado.
De lo mucho que hemos experimentado y estudiado queda poca cosa, un poso, una «madre» con vocación de vida, de permanencia. Y otro tanto de lo mismo: los ciclos inconmesurables del universo discurrieron, las eras millonarias de la Tierra se fueron, las etapas de la humanidad pasaron,  pueblos y naciones emergieron y se acabaron. De todo este providencial camino, ¿queda algo? Parece necio negarlo; este es nuestro mundo, para nosotros hermoso, aunque para los más aún es muy penoso.
Ya  para los antiguos profetas el tema era acuciante y la Palabra de la Verdad da una pista: «de este pueblo, Israel, exiliado y con su Ciudad Santa destruida, quedará un resto». Son los pobres de Yahvé; y de entre estos:»Señor, y si solo queda uno que sea justo, ¿no los perdonarás a todos? Sí, por uno solo, habrá perdón para todos».
Nacieron prohombres y grandes mujeres, influyentes en el reír y llorar de generaciones; unos construyeron, otros destruyeron. Todos despojaron a la puerta del cementerio su «vida con sus sueños»; «sic transit gloria mundi».
Por dignidad de «ser», por el absurdo de la «nada», porque es obligado, humano y razonable «un principio para», también es esperanzadora una meta equiparable.
Un resto, una diferencia. Ya no hay todo lo que estaba destinado por constitución a disminuir; ya lo ha sustraído la condición humana y el signo de la muerte siempre le acompaña. Es diferente; aunque conserve algo de lo mismo, tiene cualidad de otro; es un resto ya supervalorado, ya limpio, ya justificado, ya permanente.
Y, ¿en qué consiste? Misterio de «vida eterna» solo asumible para los sencillos de corazón; aquellos «hombres de Dios que, guiados por su Palabra, están equipados para toda clase de obras buenas». - ¿Sabes que murió fulanito? Qué vamos hacer, ley de vida; era una buena persona»-. Eso es lo que queda, pero no en el recuerdo que pronto se desvanece; queda en sus manos: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu».
Sí, nuestro cuerpo animal, nuestra alma por la que el cuerpo ejerce sus funciones vitales y nuestro espíritu que nos hace personas, porque no basta este cuerpo neuronal, como si por evolución y fruto del azar generara la vida espiritual. Hace falta apreciar en la persona un espíritu creado que haga coincidir en el alma la espiritualidad y la vida sensible. «Y Dios espiró en el rostro de Adán un aliento espiritual que le hizo ser parecido a El»; es lo más íntimo participativo de la Divinidad y, por eso, inmortal: «se siembra un cuerpo corruptible (porque se agota la fuerza que lo anima) y resucita un cuerpo espiritual», o sea, permanece este que, por regalo amoroso, participa del «espíritu vivificante», se deja guiar por el Espíritu, incluso espiritualizando las obras sobre la materia, muy especialmente «aquellos que anudaste a mi querer». Es la persona que, con su libertad bien orientada, supera al individuo condicionado por la materia y es capaz de relacionarse con Dios y entrar en comunión con otras personas. Es una realidad que los cálculos científicos no constatan.
«Si el primer Adán llegó a ser alma viviente, el último, Cristo, ha llegado a ser espíritu vivificante». Cuando «el Verbo se hizo carne», todo lo natural, todo hombre, fue asumido por ese espíritu vivificante, capaz de obras espirituales, aquellas que son recreadas por el amor, único generador de vida, obras configuradas como valor, positivas, que permanecen. Es «el único Justo» quien nos justifica y en su glorificación participamos como un resto elegido que peregrina a la «Nueva Jerusalén"

Ángel Solís

AMOR ADULTO: UN GRAN AMOR TRANSFERIDO

“Nunca es tarde, si la dicha es buena”
Generalmente llega tras la experiencia de un amor juvenil que, aunque embarazado de ilusiones, se queda en la casi estéril práctica del egoísmo más o menos disimulado y con él un vacío, una  continuada insatisfacción, la agonía de un fastidio; por supuesto, siempre hay excepciones y momentos de generosidad, hasta heroicos; pero como “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, no es de extrañar que alguna vez surja la flor más olorosa en el estercolero más pestilente, aunque para el común de los mortales nos baste poner sentido común a una vida un tanto ligera y desordenada. Suele llegar este amor transformado tras amargas experiencias de dolor y soledad; si providencialmente hubo en aquel momento una tabla de salvación, acaso se personificará también en un amor nuevo encendido en desprendimiento y cercanía al que sufre. Será abonado por motivación religiosa o simplemente filantrópica, pero sí, seguro, de una gran dosis de humanidad.
Ciertamente el momento es peligroso, cuando no trágico; muchos se hunden en su desesperanza; sus compañeros de viaje van a lo suyo; quien se rió contigo es acaso tu acusador. Entonces la violencia te supera, la oscuridad te anonada, solo te acompañan fetiches y recuerdos de lo que pudo ser y no fue; un supuesto vampiro ronda de continuo tus sueños y aterroriza tu amor con paranoias mortales; te sentirás dominado para que el otro se realice, solo a cambio acaso de pequeñas satisfacciones; un dolor punzante en el corazón, en el estómago, en...., un respirar con hondos suspiros, un deambular sin oriente alguno. Cuanto se había construido con esfuerzo propio y de muchos que bien te querían, se derribaba con la ligereza de un castillo de naipes, y se considera “la muerte como la única posibilidad de liberarse, la única esperanza con la que se vive después de alcanzar el conocimiento del bien y del mal”. Y, ¿los más cercanos?: con sus desazones que abruman, sus precauciones por el dinero, sus neurosis por tu futuro inseguro que socava los cimientos del suyo. Puede haber obsesión por una inmadurez comprobada y por una incapacidad conocida, peor, íntimamente no reconocida y la vida se vuelve una farsa para obtener el amor y proteger el honor. Ya nada es, y se encierra  en su caparazón; su pensamiento está obcecadamente enquistado porque lo que se piensa puede ser cierto si se desea mientras no se diga y el único camino posible es el suicidio lento e inexorable. Cuerpo y alma en una realidad obsesionante, en una lucha encarnizada, y se desconoce el camino de la libertad, o mejor, no hay voluntad para conseguirla; vislumbras que si das, recibes, pero no te decides hasta que te llega la hora de dar o de morir, y de morir con odio a todos, despreciando por abyecta su compañía. Buscaste la creatividad en el pensamiento del otro, como suma de dos energías que potenciarían la acción, pero la energía se dilapidó en direcciones no utilizables para la creación, y al final serás obediente a la locura que más le satisfaga. Caerás en las mayores humillaciones, dolores y soledades; los servicios públicos suplirán tus necesidades aunque sea con la más gélida atención; y, si no, la caridad religiosa aliviará la extrema pobreza corporal o psíquica, mientras el corazón se  adentra en el vacío y en la nada. Se pierde la fe en las pruebas del amor y el horror de una impotencia estampa el sello de una infinita incomunicación.
Todo te está prohibido ya, también la vida y cada reproche es una puñalada, aunque, oh gracia, una chispa de esperanza sigue porfiando que la vida está muy cerca. Y recapacitando comprendiste qué fútil era aquella imagen de contemplarse siempre a través de los ojos ajenos; cuán necesaria era una limpieza y acercarse cariñoso a aquellos de quienes estuviste frío y lejano y .... pedir perdón; no demasiado deprisa para no cerrar la herida en falso. Qué equivocado: nunca supusiste que eras tan importante para ellos; que eras su guía y seguridad; en el fondo te sentías tan pobre que buscabas llenarte sin darte cuenta que era el hambre de los otros lo que te hartaría. Culpable, sí, pero una última serenidad te puede inundar; no, no quieras justificarte viendo la bondad o maldad de los demás; tampoco por la ausencia de Dios, que parece no dirigir el mundo como tu incapacidad quisiera ver. Sí, acéptalo: has pecado, de acción y omisión y has sancionado una vida inútil que no significó nada para nadie. Solo ese quemor insufrible purifica, pacifica, libera; cuando el dolor te rebosa te sentirás congraciado contigo mismo, desendeudado y aceptado tu duelo. Alguien que te sobrepasa te ofrecerá su absolución y te impondrá su penitencia. Ya te sientes dispuesto a encararte con lo que el futuro te depare y lo que hasta ahora había sido tu vida, lo percibes como una auténtica muerte, aunque te dolía admitir que la muerte es parte de la vida y que nada, por muy trágico que fuera, te autorizaba a compadecerte ni a llorar sobre ti mismo. Al principio no se comprende, no se quiere comprender. Pero llega el momento de ver claro que no sirves de florero para nadie, que el tiempo se va y te despoja de los regalos juveniles y aunque sea solo por egoísmo o autoestima aspiras a aprovechar lo mejor posible la vida que te queda. Y llegó el momento de provocar en tu jardín un aparente desorden, aunque lo que pusiste fue el verdadero orden, porque lo contrario de un río no son las riadas ni los estiajes sino las presas y pantanos que el hombre construye en su provecho y lo detienen, lo trasvasan, lo mutilan.
Como en retornada primavera todas las flores de tu jardín se abren, a la vez que la puerta del mismo, para admiración de propios y extraños. Ábrete, perfuma, sal; aún te queda un cuenquito de sabiduría, un recio cáliz bordeado de apreciable corola con el que iniciar otra vida, otra primavera después de tanto falso verano, de tan desalentador invierno. Una vida que has de hacer más rica, más generosa, más imprevisible, más esperanzada; una vida resucitada con lo mejor que con ella había muerto. Intentarás aprender algo nuevo cada día, también a prender o desprenderte de algo que parecía te importaba mucho, y verás que no pasa nada, que sobran aspavientos, porque lo malo, ahora lo sabes, no es tanto el perder como el temor a perder. Repito: sal, atrévete, ve más allá de tu jardín; entra en la aventura; sal de tus pensamientos, tus tristezas, tus culpabilidades y verás que las bendiciones llegan a raudales. Respira hondo, observa cuanto no veías hacía tiempo: el júbilo y la aflicción de los humanos; agradecerás sentirte tu mismo mientras evocas a cuantos se esclavizan, trepan, corren tras fantasmas, carcajean para insonorizar su tristeza, y hasta a los amantes que, sumidos uno en el otro, no advierten la abrumadora presencia del mundo. Eres adulto y entre la juventud que solo ansía y la vejez que envidia casi todo, te verás con la posibilidad de tender tus manos a un lado y al otro. Verás las cosas con otra perspectiva insólita, como si estuvieras lejos de ellas, con un desprendimiento que te empuja a transmitirlo a manos llenas. Tu físico ya no importa tanto; tus intereses son interiores, de honda misericordia, y tu actividad acoge a cuantos están desprovistos de todo, hasta de cierto orden en sus vidas; comienza a amar con ternura, pero sin añoranzas de amores, ni temor de pérdida alguna. No se huye, solo se busca un absoluto: una vida entera, inmortal, sin complicaciones accesorias, obediente a cualquier circunstancia significativa. Te sentirás siempre acompañado, más libre cuanto más ofreces tu libertad y sin más apremio que la eficacia.
La ocasión, el camino, te vienen dados; eran cercanos a tu vida, pero ahora los admiras como enviados y los adivinas como solución; solo tienes que seguir sus pasos y ofrecer lo que tienes. ¿Claudicarás? Habrá momentos de duda y desánimo; nunca faltará un ángel consolador, acompañante, que con su pobreza enriquece tu anonadamiento; brotará fuerza cada mañana, aún sin saber de dónde; te parecerá oír: Yo estoy siempre contigo. Tu edad, tu pequeña o gran  capacidad de hacer tiene sentido; tu vida: ese es el sentido y el valor en sí misma. Y si caemos, fracasamos, desertamos y hasta maldecimos por nuestra desgracia, sería bueno recordar aquel dicho: si Dios no nos hubiese querido trasquilados, no nos hubiera hecho corderos. No esperes contabilizar los resultados de tus trabajos; Otro los valorará y en todo caso uno es el que siembra, otro riega y otro recogerá el fruto. Además los compañeros de viaje, los amigos, los íntimos ya no serán coartada de intereses bastardos, ni cortapisas de generosidad, sino fuerza, empuje, compenetración, amor que no busca el conocimiento en ninguno de los sentidos, sino que se satisface con la posesión de las miradas mudas, los claros y puros gestos de la convivencia, el sentimiento del consentimiento, el descanso para cada día, para cada batalla y ver en cada encuentro, cada saludo, cada persona, en cada lugar no un simple establo, una mula y un buey, un viejo y una mujer vulgar con un recién nacido sino, como los Reyes Magos, a Dios.
Tu vida disfrutará de una extraña alegría, antes no sospechada; no será una alegría racional, ni medida, ni placentera de las que suelen ir seguidas de resaca; no será una alegría burguesa, apoyada en un pedestal de bienes materiales; ni siquiera la alegría fundada en vagos sueños; es la alegría del sembrador de un mundo nuevo, que no se ve empañada por las grandes tristezas de los otros, aunque más que nunca las sufras en ti mismo. Todo lo humano, el dolor y el amor, florece como una nueva primavera en tu vida, donde no caben los secretos, las dudas ni los celos porque todo ha de ser limpio y transformado. ¡Änimo, sal de tu jardín!.
Rollo sugerido y, en parte, tomado de la novela “Más allá del jardín” de Antonio Gala.

Angel Solís