LA SANTINA RETORNA DE SU EXILIO EN PARÍS
Silverio CERRA SUÁREZ.
Síntesis introductoria
En el artículo publicado en el número anterior de esta revista se recordó la situación del santuario en el verano de 1936 y en los meses siguientes cuando fue transformado en centro sanitario. Se explican los avatares de la imagen desde la Cueva al Hotel Pelayo , y desde aquí a Gijón.
En septiembre de 1937 es enviada hacia el territorio español aún republicano. Se sabe que fue desembarcada en Burdeos. Luego aparece en Mont de Marsan, capital de Auvernia. Aquí se borran sus huellas. Año y medio después aparece en la embajada española de París.
Vamos ahora a completar la increíble y casi milagrosa peregrinación de Nuestra Señora. Seguiremos los pasos de su aparición, de los preparativos para la vuelta y, al fin, del retorno a su hogar en la Santa Cueva el 6 de julio de 1939. Una de las fechas más gloriosas de Covadonga.
El hallazgo providencial
La ansiada noticia llegó por sorpresa. Fue en los días finales de marzo de 1939, cuando las autoridades naciona­les se hicieron cargo del edifi­cio de la embajada espa­ñola en París. Entonces, entre la gran cantidad de cosas almace­nadas en los sóta­nos de la legación diplomática, apareció una caja con un rótulo en su exterior que decía Virgen de Covadonga. Se dijo que esta caja apareció inesperada­mente entre el tropel abigarrado de trastos y cajones rotos que se amontona­ban por aquel edificio.
Pero esta opinión que ofrece una descripción genérica del estado que ofrecía la abandonada lega­ción debe ser precisada con el relato trans­mitido por el padre clare­tiano Joaquín Aller, director de la Misión Española en París. Su testimonio, que proyecta mayor claridad sobre la evolución de los hechos, es como sigue: un joven comu­nista asturia­no, que presta­ba sus servicios en la representación diplomática del gobierno de la República, se presen­tó ante este religio­so claretia­no, que ejer­cía su ministerio en la iglesia de la Misión Española y le comunicó que, entre los objetos llega­dos de España y deposi­ta­dos en la embajada, estaba la imagen de la Virgen de Cova­donga dentro de una caja. Según palabras referi­das por el padre claretiano Joaquín Aller, la exposición de aquel joven fue así: "Yo soy un comunista asturiano... Es el caso que la Santina astu­riana, Patrona de mi tierra, está entre otros tesoros artísti­cos, almacenados en la embaja­da. Ésta va a ser evacuada, y yo no quiero que esta imagen tan querida, sufra más ultrajes... Está guardada dentro de una caja, cuyo lugar conozco, y no me sería difícil dar con ella sin que lo advirtiesen".
El padre Aller le ofreció su ayuda y colaboración. Además, le enco­mendó que la separase de los otros objetos y la guardase con cuidado hasta que las nuevas autori­dades españo­las se hiciesen cargo de aquellos locales. Vuelto a la embaja­da, el joven comunista escon­dió la imagen en un pequeño departamento junto al ascensor, del cual él mismo tenía las llaves. De este modo se evitó que en los últimos momentos la Santina fuese llevada a otra parte, y acabase vendida o liquidada de cualquier modo.
Cuando el nuevo go­bierno tomó a su cargo el edificio de la embajada, el Padre Aller dio cuenta de aque­lla conver­sa­ción a los nuevos representantes diplomáticos. El funcionario encargado de esa toma de posesión, llamado Qui­ñones de León, veri­ficó la verdad de la comunicación del joven comu­nista. En la embajada había multitud de cajas, todas rotas y saqueadas, pero en un departa­mento de los sótanos descubrie­ron una caja con el rótulo que decía Virgen de Covadonga. La caja fue abierta por dos jóvenes que lo acompaña­ban (11). Tras saltar rotas las tablas, quedó al descubierto la Santi­na. Estaba intacta en el inte­rior.
Al salir a la luz, la imagen, aunque no mostraba graves deterioros, apare­cía exhibiendo sobre sí la pobreza y las heridas de la guerra: no tenía corona, ni flor en la mano, ni la peana con los tres ángeles, ni adornos sobre el pobrísimo vestido. Y mostraba diversas rozaduras que lastimaban su ros­tro.
El embajador Lequerica comunicó la noticia del hallazgo al gobierno español. La buena nueva, tan largamente esperada se difundió de inmediato por todas partes. El 25 de marzo de 1939 el mismo Jefe del Estado, Francis­co Franco comunicaba al Gobernador Cívico-Militar de Asturias, coronel José Ceano Vivas, en un telegra­ma que "imagen Virgen Cova­donga ha sido encontrada en un desván de la Embajada española en París, revuelta con otros objetos".      La emoción de Asturias tras el hallazgo de la Santina no tuvo medida.
Inmediatamente empeza­ron los planes para traerla a casa. Al día siguiente, 26 de marzo el obispo de Oviedo Manuel Arce Ochotorena (12) nombró una Junta para adoptar las medidas oportunas en relación con el hallazgo de la imagen y los prepara­tivos para su retorno a Asturias. Sin embargo, en la reunión del Patronato el día 8 de abril, se vio que las obras para asentar el trono de la Virgen no se podrían terminar en un plazo inferior a dos meses, lo que dejaba suficiente holgura para planificar con detalle y tranquilidad los pasos necesarios que requería un viaje digno de la sagrada imagen.
Por su parte el gobierno central dio órdenes de que se dispusiera todo lo que fuese necesario para que el traslado pudiera realizarse, no sólo con seguridad, sino también con los máximos honores y la mayor concurrencia de gente posible.
La colonia española en París empezó a visitar a la Santi­na.
Como el edificio de la embajada no era el más adecuado para acoger a la multitud de los devotos, la imagen fue tras­ladada el día 8 de abril de 1939 a la iglesia de la Misión Española en París. Allí en el altar mayor, rodeada de banderas y flores, recibía el afecto y las oraciones de los fieles que sin cesar acudían a postrar­se ante ella. Según comunicó el Director de la Misión al Cabildo de Covadonga: "Desde el día de su entrada en la iglesia, entrada que se hizo como reina, preside en sitial de preferencia en el altar mayor... Puedo asegurar que ni un momento del día, desde las seis de la mañana que se abre el espacioso templo, hasta las ocho de la tarde que se cierra, está sin numeroso grupo de fieles que acuden a desa­graviarla". Un grupo de seño­ras españoles, tras pedir al alcalde de Oviedo una fotografía que les sirviese de modelo, le regaló una corona de oro y pedre­ría, obra de un famoso joyero parisino.
Entretanto se completaban en España las opor­tunas comi­siones que comenzaron a reunirse y a tomar las disposi­ciones pertinentes. Se debían organizar los itinerarios y otros múltiples detalles del camino de vuelta. El Jefe del Estado comisionó al general Francisco Gómez Jordana, Vice­presidente del Gobierno, para todo lo relacionado con el tras­lado de la Santina. Por inicia­tiva de éste y previa deliberación del Consejo de Ministros, el 28 de abril de 1939 un decre­to de la jefatura del Esta­do disponía en su artículo único: "Se conceden los máximos hono­res milita­res a la imagen de Nuestra Señora de Covadonga" ..
Por acuerdo del Gobierno y la Junta Dioce­sana se estable­ció el 11 de junio como la fecha para que la imagen llega­se a Irún. Allí recibi­ría el homenaje nacional. Luego vendría en coche hasta el Puerto de Pajares, donde sería llevada a hom­bros hasta su trono que es "la cuna de España". Los preparativos se aceleraron. Se fijaron los actos y las etapas del itinerario. Y enseguida, cuando todo estuvo dispuesto, la sagrada imagen emprendió el viaje de vuelta.
Retorno desde París a la tierrina
Salió de París el día 10 de junio de 1939. Numerosos vehícu­los de españoles la acompañaron hasta Versa­lles. Aquí tuvo lugar la despedida de los católicos parisinos. A continuación una caravana de 20 coches emprendió el camino en dirección a España. En la noche de ese mismo día llegó a Hendaya, en cuya iglesia parroquial fue custodiada hasta la aurora. Aquí estaban los responsables de acogerla en nombre de Asturias. Eran estos don Samuel Fernán­dez-Miranda, canónigo magistral de Covadonga y el conde de Rodríguez-Sampedro.
Al siguiente día, 11 de junio, entraba la Santina en tierra española. A las 10 de la mañana era recibida en Irún con una imponente manifestación popular. Fue acogida en las calles por una inmensa multitud del pueblo vasco que entre música y color, con alfombras florales y ricas colgaduras de los balco­nes, con arcos de triunfo y salvas rivalizaba en festejar a la peque­ña Virgen que retornaba como la esperada Amachu maitea, a la que una guerra loca había apartado de su caserío y de sus hijos.
En la gran plaza central de la villa altas personalida­des ecle­siás­ticas, autorida­des civi­les, corporacio­nes diver­sas, las parroquias con sus cruces, las cofra­días con sus estandartes, el tercio de requetés Nuestra Señora de Covadonga y el Cuerpo de Carabineros de los que era patrona, los remeros de Fuenterrabía con sus remos en alto, el Nuncio de Su Santi­dad, la esposa y la hija del Jefe del Estado, y una nutrida representación asturiana presidida por el obispo de Oviedo don Manuel Arce Ochotorena y don Rufino Truébano Vega, que representaba al Cabildo de la Catedral de San Salvador.
Todos esperaban a la imagen, a la que acogieron con una emocionada explosión de aclamaciones. Allí fue entronizada en un precioso altar, preparado para la ocasión. Se cantó un Magnificat por Monseñor Arce Ochotorena. Seguidamente se formó una procesión hasta la iglesia de Santa María del Juncal, donde el prelado ove­tense ofició una solemne Misa de Pontifi­cal, que­dando la Santina expuesta a la veneración de los fieles hasta las seis de la tarde.
A esa hora salió la Virgen de Irún hacia Asturias en un automóvil, transformado en capilla, que había sido enviado por el general Aran­da. El viaje se detuvo luego en San Sebastián, donde per­noctó aquel día. Partió al día siguiente y prosiguió el viaje cruzando y deteniéndose en Loyola, Mondragón, Vitoria, Burgos, Vallado­lid y León. Aquí llegó a la una de la madrugada el día 13 de junio. En estas ciudades y en otros pueblos del tránsi­to donde hubo de dete­nerse la Santina recibió el constante y fervoroso home­naje de las multitudes que se apiñaban para mostrarle su devoción, hacien­do reales las palabras del himno "en ella está el alma del pueblo español".
Inmensa procesión sembrando paz
El día 13 de junio de 1939 a las cuatro y media de la tarde dejaba la Santina las tierras hermanas de León y entraba en su Astu­rias. Millares de asturianos, que habían llegado en trenes especiales o en otros medios de transporte, la esperaban apiñados al borde de la carretera y en las verdes laderas de Valgrande.
En el Puerto de Pajares, sobre el límite de las dos provincias, se había levan­tado un gran arco de flores y un artístico altar. Allí fue colocada la Virgen entre el desbordado entusiasmo y la irreprimible emoción de la multitud que la esperaba. Después de cantarle el himno, fue colocada en unas andas de bronce dorado con dosel de púrpura, construidas expre­samen­te para conducirla ahora por los pueblos de Asturias, sobre cuya primavera, más que nunca exultante en sus colores verdes, blancos, amari­llos y azules, pasaba la Santina brillando "en la altura más bella que el sol".
Desde el alto de Pajares devotos de todas las clases sociales se sucedieron disputándose el honor de llevar a hombros a la "Reina de nuestra montaña" hasta su hogar de Covadonga. En cada parroquia el clero y la totalidad del vecindario la acompañaban con desbordantes expresiones de júbilo y fe popular hasta el límite de la comunidad vecina, donde otra feligresía en bloque la ponía sobre sus hombros para llevarla hasta la siguiente parroquia.
Bajo incontables arcos verdes, entre balcones engalanados, flanqueda de banderas y detonaciones de cohetes, por calles tapizadas con hojas verdes, bajo una lluvia de pétalos de flores volando desde las ventanas, así fue recorriendo la Asturias cen­tral, llena todavía de escombros, de casas en ruinas, de paredes acribilladas, como zona que poco antes había sido tan duramen­te castigada por la guerra.
Ni un momento estuvo sola. Las aldeas lejanas se quedaban vacías para formar al borde las carreteras líneas kilométricas de personas de toda edad y condición: ricos y pobres, jóvenes y ancianos, los niños alborotadores, obreros y amas de casa, campesinos y mineros, autoridades y pueblo llano, gentes de izquierda y derecha, creyentes e indiferentes, sanos y enfermos lloraban al verla pasar como un signo de reconciliación, de paz y de esperanza.
Su recorrido por las cuencas fue acompañado por atronadoras salvas de dinamita. La dinamita que tanto se había usado en las batallas precedentes para matar enemigos, servía ahora para rendir homenaje con torrentes de sonido al paso de la Santina.
Ante las iglesias se agolpaban multitudes con lágrimas, cantos y gritos de saludo y alegría. En las esperas se rezaba el rosario que se alternaba con cantos de la tradición religiosa popular. Dentro de los templos se desarrollaban solemnes funciones que en cada parroquia intentaban superarse.
El día 13 pernoctó en la iglesia de Pajares. El día 14 sale de Pajares, se detiene en Campomanes y pasa la noche en Pola de Lena. El día 15 sale hacia Ujo donde se detiene y luego hacia Mieres donde pernocta. El día 16 doscientos mineros la acompañaron con las lámparas encendidas hasta el alto de San Emiliano, donde la recibieron los langreanos. Pasó ese día en Sama. Aquí, por estar destruido el templo, se habilitó en el Parque Dorado una monumental cueva a imitación de la gruta del Auseva. Allí acudieron fieles de todos los lugares del valle del Nalón, desde Tarna o Tolibia hasta Riaño. Sama de Langreo fue punto de encuentro de toda la comarca.
El día 17, pasando por La Felguera y Tudela de Veguín, llegó a Oviedo. La ciudad entera acudió a recibirla en la entrada de San Lázaro. Allí bajo una arco monumental era esperada por el Obispo, el Cabildo, el Ayuntamiento, la Diputación, las cofradías con sus estandartes, millares de niños con banderas y el pueblo llano de todos los barrios ovetenses.         La entrada de la Santina produjo una explosión de emociones. Las notas del himno nacional se entremezclaban con salvas de artillería, la detonación de centenares de cohetes y las aclamaciones de una multitud enfervorecida.
Todos la acompañaron hasta la Plaza de la Catedral en la procesión que entonces se fue lentamente formando. La Santina llegó a San Lázaro hacia las seis de la tarde y la marcha por las calles de Arzobispo Guisasola, Campomanes, Santa Susana, Toreno, Uría, San Francisco, Porlier hasta la Plaza de la Catedral se hizo tan lenta por la densidad de gentes y por las expresiones de fervor con que rodearon a su Virgen que la procesión duró unas tres horas.
A las nueve de la noche acabó de reunirse la procesión en la Plaza de Alfonso II espléndidamente iluminada. Su amplio espacio y las calles adyacentes estaban repletas de gente, ansiosa de contemplar la llegada de la Santina. Un arco monumental se alzaba a la entrada entre el Palacio de la Audiencia y la Capilla de la Balesquida. Un altar, construido ante la fachada de la basílica ovetense, era el sitial que esperaba a la imagen, para desde allí recibir los homenajes que se iban a dedicar. A su derecha la torre catedralicia mostraba las heridas de la guerra desde su chapitel derruido.
La llegada de la Santina fue acompañada del clamor emocionado de la multitud que aguardaba y que comenzó a levantar sus pañuelos como una pradera agitada de pétalos blancos. El repicar de las campanas y las explosiones de los cohetes con su clamor llevaban hasta los barrios exteriores de la ciudad el mensaje de que la Virgen de Covadonga había llegado ante la catedral.
Al iniciar la orquesta el himno nacional, se hizo el silencio.       El alcalde Plácido Álvarez Buylla le impuso la medalla de la ciudad, pronunciando luego unas palabras de gratitud y emoción por tener presente a la Santina en la ciudad de Oviedo. Cerró el acto el obispo Arce Ochotorena con una emocionada alocución, dando gracias a Dios y a todos los habían participado con su esfuerzo para llegase a ser posible tener ahora a la Santa Imagen entre nosotros. Agradeció al Gobierno y a todas las autoridades que cooperaron con total entrega para que la vuelta fuese rápida y segura. Mencionó con gratitud a todos los pueblos de Guipúzcoa, Álava, Castilla y León que se habían volcado en homenajes a la Santina que cruzaba por sus tierras. Se cantó la Salve y el Himno de Covadonga, a continuación la sagrada imagen entró en la catedral, donde iba a permanecer diez días. La gran cantidad de gente dio a las ceremonias una lentitud tal que no pudieron acabarse hasta cerca de la medianoche.
El día siguiente 18 de junio se inició una solemnísima novena en la catedral. Predicaron los magistrales de Burgos y Salamanca. El acompañamiento musical fue realizado por El Descanso, coro dirigido por el maestro Luis Ruiz de la Peña. En estos días recibió el homenaje de diversas corporaciones, cuyos representantes multiplicaron los discursos desbordantes de retórica y triunfalismo. Sobre todo, fue visitada por miles y miles de fieles que, en peregri­naciones organizadas desde los arcipres­tazgos que no tuvieron la suerte de estar comprendidos en el itinerario seguido por la Virgen, acudían en número incontable a visi­tarla.
Durante los días de la novena, por turnos organizados, visitaron a la Santina, presididos por sus párrocos, las comarcas por las que no había podido cruzar en su ruta de llegada. Venían a Oviedo en trenes o autobuses. A llegar, se organizaba la procesión hasta la catedral donde los acogían y saludaban miembros del Cabildo. Realizaban sus cultos y ofrendas y, como conclusión solemne de la ceremonia, recibían la bendición con el Santo Sudario. Así el 19 de junio vinieron unos dos mil quinientos alleranos. El día 20 correspondió la visita a los arciprestazgos de Pravia, Belmonte y Boal de donde acudieron unos tres mil feligreses. Cuatro mil asistieron el día 21 llegados de Cangas del Narcea, Salas, Llanera y Candamo. El 22 fue la peregrinación de Somiedo y Grado. Las parroquias de Siero, Cudillero, Proaza, Quirós y Teverga vinieron el día 23. Los concejos cercanos de Morcín, Riosa y Las Reguera trajeron un numero de cinco mil el día 25. Las parroquias del arciprestazgo de Oviedo fueron participando en un número imposible de contar por venir espontáneamente desde diversos puntos del concejo sin la organización unitaria de los otros. El último día una multitud innumerable se concentró en los espacios adyacentes a la Catedral.
Finalizada la novena, el 26 de junio tuvo lugar una procesión nocturna de antor­chas a la que asistieron unas veinte mil personas. A las diez y media de la noche salió de la Catedral la Virgen de Covadonga acompañada por una muchedumbre que llenaba las calles con luces, cánticos, oraciones y lágrimas. Los que no podían asistir en la calle, vitoreaban a la Santina desde sus balcones y ventanas. La gran procesión terminó a la una y media de la madrugada.
A las ocho horas de la mañana del día siguiente, 27 de junio, se despidió la Santina de la ciudad y gentes de Oviedo. Si la llegada fue apoteósica, la despedida fue también espléndida, con toque general de campanas, explosiones constantes de cohetes y hasta salvas de artillería. Asistieron el obispo con el Cabildo catedralicio, las autoridades civiles y militares, el clero de la ciudad con innumerables feligreses. La procesión se detuvo al final de las calles urbanas, donde comenzaba la carretera hacia Oriente que la iba a conducir hasta Noreña. Allí el militar y político José María Fernández Ladreda (16), pronunció un vibrante discurso de despedida en nombre de toda la sociedad ovetense. Un grupo de gente siguió a la imagen hasta dejarla en Noreña, primera fase de su camino hacia Gijón.
La recepción que los gijoneses le habían preparado fue también esplendorosa y apasionada. La multitud cubría el itinerario ya desde varios kilómetros antes de la Puerta de La Villa, donde se alzaba un arco esplendoroso. Allí fue recibida y colocada en un magnífico templete antes de ser transportada bajo arcos de verdor y alfombras de flores hasta la Colegiata, que entonces hacía las veces de la iglesia parroquial de San Pedro. Los vecinos se agolpaban en la explanada del muelle y en las calles del entorno. En el centro del jardín presidía los actos la estatua de Pelayo, el rey decisivo en todo lo referente a Covadonga.
El alcalde Paulino Vigón le ofreció un saludo entusiasmado en nombre del pueblo gijonés. También el obispo Arce Ochotorena intervino con oportuna homilía sobre el profundo significado de aquel momento. Permaneció tres días en Gijón. En ellos recibió cada día peregrinaciones de las parroquias gijonesas, urbanas y rurales, así como de los concejos vecinos. Fue especialmente emotiva una procesión de antorchas hasta las ruinas del cuartel de Simancas.
El día 1 de julio, pasando por Candás y Luanco, fue conducida hasta Avilés, donde pasó la noche en la Iglesia de San Nicolás. Allí se celebró en su presencia una vigilia de la Adoración Nocturna. El día 2 se celebró una misa solemne la parroquia de Santo Tomás. Seguidamente partió hacia Pola de Siero donde pasó la noche, acompañada por el pueblo creyente de la villa. El día 3, pasó por Nava y pernoctó en Infiesto. El día 4 salió hacia Arriondas donde pasó la noche en el templo parroquial, rodeada del fervor habitual. El día 5 de junio llegó a Cangas de Onís.
Reposición de la Reina en su trono
El día 6 de julio de 1939 era la última etapa. Por la mañana una muchedumbre de más de 10.000 personas, llegadas de toda Astu­rias, con el obispo al frente, recorrieron a pie los once kilómetros que sepa­ran Cangas de Covadonga. El ambiente era de consuelo, que superaba el dolor de la interminable desaparición, y de triunfo, porque la llegada de la Santina abría nuevas esperanzas para Covadonga y con ella para Asturias. La Virgen iba en medio de ellos.
Al llegar al Repelao se detuvo la marcha. Allí estaba esperando el obispo de Coria-Cáceres y el Cabildo colegial de Cova­donga. Permanecieron quietos un cierto tiempo, no sólo para descansar, sino también para hablar de las cosas que se iban a realizar luego y para organizar mejor la procesión. La multitud empezó a caminar lentamente por la carretera. A la izquierda las empinadas laderas de la montaña de la Cruz de Pelayo brillaban al sol con su variado verdor vegetal y el chispeante gris de las calizas. A la derecha iba creciendo, escudo de piedra rosada, la silueta de la fachada catedralicia. Avanzaban lentamente. Al cruzar por debajo de la Gruta, todas las miradas se alzaban y giraban la cabeza para verla vacía. Muchos susurraban que pronto estaría ocupada.
A las doce del medio­día accedieron a la plaza que se extiende ante la Catedral, que destacaba sus finas líneas sobre el arrugado tapiz de verdor que trazaban los montes de la envolvían. En el último tramo las oraciones y cánticos fueron envueltos por el repique de las campanas y el estallido de cientos de cohetes. Era recibida por obis­pos, autoridades civiles y militares, el rector de la Universidad, alcaldes de Oviedo, Cangas y alrededor, y una incontable multitud de creyentes, emocionados y alegres por acompañar a la Madre hasta su hogar.
Fue colocada en un artístico altar con dosel ante la Catedral. Se sustituyó la corona que traía desde París por la que Astu­rias le había donado en 1918 para su coronación. Se celebró la Santa Misa. Predi­có el obispo de la dióce­sis, que dio la bienvenida a la Madre que regresaba, y anunció a toda España que la imagen de la Virgen de Covadonga era re­puesta en su trono más que milena­rio. Al final, se cantó un solem­ne Te Deum.
Luego cuatro sacerdotes la bajaron del camarín sobre el altar y la entregaron a cuatro generales . Estos con sus uniformes y medallas, con la cabeza descubierta, tomaron sobre sus hombros la imagen de la Santina. Precedía la procesión un grupo de jóvenes vestidas con el traje regional. La abría una brillante Cruz de la Victoria, portada por un sacerdote y flanqueada por la Diputación Provincial bajo mazas. Flameaban al Sol los emblemas del Tercio Nuestra Señora de Covadonga y los de la Quinta División de Navarra. Avanzaba luego la Santina sobre las andas con dosel, envuelto su pedestal con flores. A sus lados desfilaban las escoltas de gala de requetés y carabineros. Cerraban la marcha los prelados, numerosos sacerdotes, autoridades diversas y la muchedumbre de devotos, que apenas se podía mover.
A la entrada de la Cueva los generales portadores ceden las andas al alcalde de Oviedo, al rector de la Universidad y otras autoridades políticas, que se alternan en el honor de llevar la Santina hasta su pedestal. Allí a la una y media de la tarde ocupó la cabecera del hogar astur de donde había sido arrebatada casi tres años antes. Allí se asienta entre lágrimas, aclamaciones, nubes de incienso, el estampido de las veintiuna salvas de ordenanza, música esplendorosa y, sobre todo, envuelta por las emocionadas oraciones de gracias a Dios por la superación de tantos peligros y el retorno final.
Este es el momento culminante de gloria, cuando se reparan las sombras del cierre de la Cueva. Se repara su desaparición y ocultamiento, aunque éstas fueron realizadas con buena intención y en realidad la salvaron de la destrucción. Se repara la manipulación de su figura por los políticos en la exposición que hicieron con ella. Se reparan las maniobras que hubo en torno suyo a la hora de llevarla a Francia. Se repara el cautiverio dentro de una caja en los sótanos de la embajada parisina. Y, sobre todo, se agradece el bien que en torno a ella se despertó durante los pasos de su exilio. Muchas manos y corazones, de la mayoría nunca se sabrán los nombres, la protegieron y cuidaron, la veneraron y rezaron ante ella. Ellos hicieron posible el retorno, aunque nadie se haya acordado de ellos. Dios se lo habrá pagado.
¿Qué sentido tienen estos avatares?
Asturias ha vivido dos etapas profundamente dramáticas en su historia más que milenaria. La primera de ellas correspon­de a la década que se extiende entre el 711 y el 721, con la invasión árabe y el fatigoso intento de recuperación que buscaba salvar las liber­tades nacionales y la personalidad espiritual de nuestro pueblo.
La segunda ocasión cae cerca de nosotros. Muchos coetáneos la han conocido. Otros la hemos tocado con las yemas de nuestros primeros días. Casi todos los asturianos se han visto afecta­dos, en sí mismos o en sus familias. Se trata de los disturbios civiles que arrasaron nuestra tierra y flagelaron nuestras gentes en los años treinta del siglo XX, sobre todo, la Guerra Civil encendida en 1936.
Pues bien, en ambas ocasiones estuvo la Virgen de Cova­donga participando de lleno en el drama, instalada en el corazón del mismo, como prota­gonista que debía representar un papel prin­ci­pal en la acción que se desarro­llaba.
En la primera ocasión la Cova Dominica, escondida en los Picos de Europa, se convirtió en el núcleo catalizador de múltiples es­fuerzos hacia un objetivo común de identidad y libertad. Entonces y aquí nació España, y se salvó la cultura occidental. Después Covadonga permaneció como lugar, recuerdo y signo de aquel trance de angustia y esfuer­zo, de pasión y triunfo. No sólo fue la afirmación de Astu­rias en su último refu­gio, sino que siguió después como la cuerda vibrante en que secular­mente reso­naría el eco genuino de aquella afirma­ción primordial. En Covadonga se constituyó Asturias como reino nuevo y pueblo nuevo. De éstos fue Co­vadonga símbo­lo y santua­rio.
En la segunda ocasión la Santina estuvo también plenamen­te inmersa en las terribles sacudidas, en las sangrientas ruptu­ras que sufrió Asturias. Nadie debería hoy hablar de esto para reabrir las viejas y cicatrizadas heridas, pero es útil reflexionar sobre ello y aprender de la Historia. Tal es el espíritu que ha animado estos párrafos, y que llega, al final de su composición, a descubrir cómo la Santi­na estuvo en los dos bordes de la fractura y cómo para muchos de ambos bandos fue bálsa­mo en la amargu­ra y objeto de un amor en el que todos ellos coinci­dían por encima de las alambradas y trincheras que los enfrenta­ban.
Ella sufrió los golpes, como tantos otros de sus hijos. Ella estuvo deste­rrada de su hogar de Covadonga en un exilio prolongado. Todo ello puede ser acicate que revuelva un íntimo dolor y remordimiento por lo que pasó, pero más bien debe ser motivo para que tantos asturianos que han debido, por unas u otras causas, estar alejados de su tierra, se sien­tan más identifi­cados con ella.
En las operaciones de guardarla y salvarla intervinieron personas de ideolo­gías y posturas políticas diversas y opues­tas. Creo que hay gentes de todos los grupos políticos parti­cipando en estos procesos. Intervinieron, desde luego, perso­nas conserva­doras y de derechas, pero también personas de afiliaciones políticas e ideológicas muy opuestas. Como escri­bió Ramón Álva­rez Palomo, militante y pensador anarquista: "ese símbo­lo de la cris­tiandad, al margen de toda creencia y des­mintien­do la feroci­dad que se nos atribuye, fue puesto a salvo... por los "rojos" y custo­diado por el hombre más repre­sentativo del fondo huma­nista del anarquismo: Eleute­rio Quin­tanilla".
Si su ocultamiento y traslado al exilio hizo coincidir en torno a ella a gentes de mentalidades tan diversas y discre­pantes, del mismo modo, su retorno hizo encontrarse ante ella a muchas personas enfrentadas hasta poco tiempo antes. Ella hizo converger en el mismo rostro maternal muchos ojos que hasta entonces no se podían ver. Hizo confluir en el mismo afecto a muchos corazo­nes que hasta entonces sólo inquina mutua habían cocido. Fue una ola de emocionado afecto que anegó los muros y las divi­siones
¿Qué significa el que en salvarla, guardarla, prote­gerla, transportarla, recobrarla... hayan coincidido asturia­nos de todas las tendencias?. ¿Habrá en Asturias algún factor de unión entre sus gentes mejor que la Santi­na? Fue lo único en que coincidieron todos los que vivieron la terrible división de aquellos días.
Para completar el hallazgo y la venida: Emiliano de la Huerga, Guía de Covadonga, pp. 39-40