In memoriam. Artemio González Gutiérrez
Artemio había nacido en las estribaciones del Puerto de Pajares, aldea de Navedo, parroquia de san Pedro de Cabezón, concejo de Lena, el 3 de enero de 1940. Recuerdo algunos encuentros con él durante nuestra infancia. Su padre y mi madre eran hermanos; y nuestro abuelo solía reunir a los nietos el día de san José para celebrar su cumpleaños.
En 1952 empezamos los estudios en el seminario de Covadonga. Fue ordenado sacerdote en 1964, en la iglesia de La Feguera. Tuvo el primer destino como coadjutor en la parroquia de Nava, donde ejerció durante dos años. En el año 1966, fue nombrado encargado y párroco de varias pueblos de los concejos de Caso y Sobrescobio, hasta el año de su jubilación, 2008, en que trasladó su residencia a la Casa Sacerdotal de Oviedo. Jubilado y con problemas en la vista, siguió colaborando en muchas ocasiones con otras parroquias.
En su vida de seminarista, destacó siempre por su sencillez y humildad en sus relaciones. No hacía ruido, pero su presencia callada era sonora y fecunda. Hablaba poco, sin embargo lo que decía mostraba una dimensión de sabiduría profunda y cercana. Y así fue a lo largo de su ministerio sacerdotal, hasta el final de su vida, como bien lo recuerdan sus familiares y feligreses. Fue un hombre bueno y trabajador. Dedicado y comprometido con la práctica de todas las obras de misericordia, de una manera radical y continua. Estoy convencido de que los sacerdotes se valoran por su compromiso en vertebrar su vida con el servicio a los demás, sean creyentes y no creyentes. Hasta que no llegue un nuevo mundo en el que la justicia y la igualdad sea una realidad para todos, hay espacio para que practiquemos las obras de misericordia. Al mismo tiempo, podemos luchar y exigir por la implantación de la justica total en la tierra. Mientras haya entre nosotros diez millones de pobres (parados, con subsidios de limosna, con salarios de miseria, ….) ¿sobra o estorba llevar a a cabo la práctica todas las obras de misericordia y solidaridad? Mientras haya millones de inmigrantes que vienen a los países ricos, trabajadores en paro, jóvenes que no tienen posibilidades de acceder a una vivienda digna, gente que duerme en la calle o en chabolas, ,… ¿qué hemos de hacer?¿ Esperar a que los gobiernos, las administraciones e instituciones públicas lo arreglen, y quedarnos tranquilos, diciendo, que ya pagamos los impuestos? ¿De verdad que no hay cabida y posibilidades para echar una mano a los más pobres y necesitados? ¿Colaborar con Cáritas y con otras ONGs nos impide pelear, protestar y exigir los derechos humanos para todos? Estoy convencido de que Artemio apostó por servir a los demás, lo que es lo mismo que comprometerse con la práctica continua de las obras de misericordia, en relación con la lucha por los derechos de todos a una vida digna. Pongamos por caso: visitar a enfermos, ancianos, gentes que viven en una soledad no deseada…y ayudarles, visitarles, hablar con ellos, o solucionarles problemas. Si tenemos en cuenta las obras llamadas espirituales, la labor de un sacerdote, y así lo hacía Artemio, es inconmensurable. Por ejemplo, en la administración de la sacramento de la penitencia: enseñar, aconsejar, consolar, corregir y perdonar. Este compromiso no impide en modo alguno retrasar el advenimiento de la justicia total, la sanidad total y digna. Hay siempre margen y tiempo para que echemos una mano para compartir las penas y alegrías con los demás. Todos tenemos el deber ineludible, de ser buenos y felices. Los sacerdotes con mayor razón, porque deben ser un modelo. Artemio, como sacerdote entregado practicó, en grado sumo, todas las obras de misericordia, pero una de manera especial hasta los últimos días de su vida : enterrar cristiana y piadosamente a los muertos, así como rezar por ellos. Estando ya jubilado ayudaba al capellán del cementerio de San salvador de Oviedo.
Es una lástima que no nos haya dejado un diario o unos escritos biográficos de su vida pastoral durante estos más de cincuenta años. Cuántos experiencias, hechos, actividades, reflexiones podríamos leer si los sacerdotes de ciudades, pueblos y aldeas, los hubieran dejado por escrito. Creo que darían materia para escribir relatos tan interesantes , como la novela del escritor francés G. Bernanos “Diario de un cura rural”. Nuestra formación, en el seminario, nos aportó una serie de cosas muy interesantes, además de un aprendizaje en los valores éticos y morales, (posibilidades y fomento de la lectura, la disciplina y método en el estudio, así como en relación con el deporte, la música, y otras aficiones), pero adoleció de de unos defectos graves: no se estimuló el interés y la práctica por la investigación, el trabajo en equipo, y el fomento de la escritura. Nos dedicábamos a citas y comentarios de otros autores. Por ejemplo, no conocimos el Antiguo Testamento, salvo los salmos que recitábamos en las oraciones, y algunos otros textos que apoyaban la doctrina católica, bien definida por los concilios y la tradición. En cuanto al trabajo en equipo estaba prohibido, salvo casos en que se permitía ayudar a otros compañeros en los estudios. Y sobre la escritura, si exceptuamos hacer algunos esquemas o resúmenes de algunos sermones u homilías, que nunca se leían en clase, no se escribía nada. Toda esta formación explica el porqué muy pocos curas dedicaron su tiempo a escribir, o sólo en breves hojas parroquiales.
Artemio, no obstante, en su tiempo libre se dedicó a una tarea, muy encomiable y beneficiosa: transcribir a soporte informático todos los libros parroquiales de Bautismos, Matrimonios y Difuntos de las parroquias por él atendidas. También, por propia voluntad o a petición de algún feligrés, hizo esta labor con libros de otros pueblos, como los de Congostinas, que yo le solicité. Los investigadores en demografía, así como particulares interesados en conocer su árbol genealógico, lo agradecerán siempre. Hasta unos días antes de morir, siguió acudiendo al Archivo Episcopal de Oviedo, donde se encuentran ahora los libros de los siglos pasados. Las autoridades competentes deberían garantizar su conservación, mediante informatización o filmación, de esos libros antiguos (algunos son del s. XVI). Artemio fue un pionero y un ejemplo, para que otros lo imiten; y bien merece ser recordado por ello. Podría instalarse una placa con su nombre en la sala del Archivo Episcopal, donde se guardan esos ejemplares.
Tras una larga enfermedad, que soportó con gran resignación y entereza, murió en Oviedo, y pasó a vivir en el corazón de Dios, el 13 de abril de 2024.