In memoriam. Manuel Rubio Fernández
Antes de nada tengo que decir que este breve recuerdo en memoria de Manolín Rubio, lo escribo desde la profunda amistad que, iniciada y mantenida durante los años del Seminario (en pupitres juntos, debido a nuestros apellidos), se acentuó y profundizó en los años que vivimos, como vecinos, en el mismo barrio de Madrid.
De los treinta misacantanos del año 1964, Rubio fue el segundo en abandonarnos. El primero en morir, cuando estaba en plena actividad pastoral, como Consiliario diocesano de Movimientos Infantiles de Acción Católica, había sido José Antonio Novoa Cuesta. Tuvo un trágico accidente de moto; y las quemaduras le produjeron la muerte, tras unas semanas de insoportables sufrimientos el 29 de diciembre de 1966. Es nuestro santo mártir. Había nacido en San Cristóbal (Avilés) el 25 de febrero de 1941.
Poco tiempo después, Rubio padeció una enfermedad nefrítica, que anuló totalmente la función de sus riñones, y le obligó a realizar sesiones de hemodiálisis, varias veces a la semana, para el resto de su vida. Su ministerio como sacerdote fue en el tiempo, pero dejó una profunda y viva huella en todos los que le tratamos.
Había nacido en Villatresmil, pueblo cercano a la villa de Tineo, en el año 1936 . Entró en seminario, cuando cuatro años mayor que la media de los 110 compañeros, que empezamos en Covadonga, en el año 1952. Esa diferencia de edad condicionó su rol de hermano un poco mayor. Destacó siempre por su amabilidad y espíritu de ayuda en el trato diario. Querido por todo el mundo, pasó sus 12 años de seminario, manteniendo un talante de sonrisa permanente y de consejero paciente, con una madurez notable.
Tras desempeñar su labor sacerdotal, en la parroquia de Tineo y después en san Pedro de Somiedo, durante cuatro años, una enfermedad nefrítica le obligó a trasladarse a Madrid, a vivir con su hermana y familia, para estar mejor atendido y cercano al hospital, donde recibía el tratamiento. Tuvo que abandonar el compromiso con las tareas pastorales, si bien decía todos los días una misa en la iglesia de San Federico, en el barrio Dehesa de la Villa.
Mi llegada a Madrid en 1973, después de conocer a Pilar en Bélgica, fue el motivo de nuestro reencuentro. Nuestro compañero Rafael Álvarez Rey (RIP) me facilitó la dirección de Rubio: calle Artajona 4, 5º. Yo anoté el número 45, y el día que fuimos a visitarle nos encontramos con la sorpresa de que en dicha calle no existía tal número. Nos acercamos a la parroquia (donde yo había ayudado a dos sacerdotes asturianos Arturo García y Gaspar García Laviana, durante el curso 67-68). Los nuevos curas, asturianos también, nos facilitaron la dirección exacta de su casa. A partir de ese día, nos vimos con mucha frecuencia.
Manolín nos acompañó en todo el proceso de mi secularización, y ofició la misa de nuestra boda, (a la que también asistió nuestro compañero Elviro Martínez). Por razones de trabajo nos trasladamos de zona, y nos fuimos a residir a un piso propiedad de una conocida de Rubio, en el mismo portal donde él vivía. Nosotros vivíamos el 3º, y su familia en el 5º (sin ascensor). En noviembre de 1975 nació nuestro hijo David, que recibió el bautismo de manos de Manolín Rubio. En bastantes ocasiones, atendió a David, y le dio el biberón.
Durante los dos años que convivimos como vecinos, nuestra relación fue continua e intensa; hasta el punto, de que todos los días, o casi todos, subíamos a su piso para ver la tele y charlar un rato (nosotros no teníamos aún aparato de televisión). Hemos compartido y fuimos testigos del sufrimiento físico y síquico, que suponía padecer una esta clase de enfermedad en aquella época. Se convirtió en un nuevo justo Job; sin pronunciar queja alguna: Dios dio, Dios quitó, bendito sea su santo nombre. Es muy probable que en su fuero interno se hiciera las preguntas de protesta y lamento que Job planteó a sus amigos. Le sobraban motivos para hacerlas. La enfermedad que padecía se parecía mucho a una llaga, dada la gravedad y padecimiento continuo. Pero nunca lo expresó de manera explícita. Seguía con su buen humor, y dándonos ánimos a todos; a mí, en especial, puesto que me encontraba en situación de paro y con un futuro profesional muy en el aire.
Quiero dejar mi testimonio sincero de su entereza, valor y capacidad ante el sufrimiento que soportaba. La huella, que en mí dejó, fue indeleble. De hecho, cuando años después empecé a leer e interpretar el libro de Job, me venía a la memoria el recuerdo de este justo y santo varón que se llamaba Manuel Rubio Fernández (Manolín para los amigos). En los últimos meses de vida, valiente hasta el final, se atrevió a que le hicieran un trasplante de riñón (se había ofrecido a toda clase de pruebas o experimentos, con el fin de avanzar en el tratamiento de esta enfermedad). La operación no dio el resultado esperado y se marchó a vivir para siempre (como dice nuestro compañero y amigo Ceferino Álvarez) en el corazón de Dios. Falleció en Oviedo el día 16 de mayo de 1983.