Rispá, madre tenaz y valiente >(om>Rizpah)
Rispá, como persona humana y creyente en las palabras de las Escrituras, pero ante todo como madre, estaba convencida de que lo menos a lo que tiene derecho un ser humano es a estar enterrado en una tumba digna, donde pueda ser identificado. Para que sus seres queridos puedan ante ella rezar una oración, derramar una lágrima, evocar un recuerdo feliz, o depositar una rosa. En el 2025, todavía hay muchos españoles sin una sepultura, donde aparezca un epitafio identificador. Son decenas de miles, cuyos huesos siguen tirados y amontonados sin identificar en fosas, en cementerios, campos, cunetas, cuevas y barrancos de nuestra geografía ibérica ¿Cuántas generaciones tendrán que venir hasta que todos, o casi todos, de los enterrados en esos lugares ignominiosos, tengan un sepulcro y un epitafio dignos? Hemos pasado ya cuatro generaciones y seguimos….La sangre derramada de estos cuerpos está clamando, como sucedió con la sangre de Abel; y la pregunta ¿dónde está tu hermano? perseguirá a esta sociedad, hasta que todos los cuerpos sean exhumados y honrados como merecen.
-¿Qué dirán de nosotros las generaciones futuras? ¿Cómo se explicará en las escuelas e institutos? Porque es evidente que esta situación pasará a ser recordada como uno de los capítulos más vergonzosos de nuestra historia de la infamia.
Tengo que decir una verdad, o mejor confesión, que me oprime la garganta, desde hace mucho tiempo. Yo no me enteré de que hay miles de huesos en fosas comunes, y muchos desaparecidos e ilocalizables que fueron muertos en los frentes o asesinados en la retaguardia, hasta que empezaron las exhumaciones, por la década de los ochenta. Pasé 11 años en el Seminario de Oviedo, 2 en la Universidad Pontificia de Salamanca, 5 años en parroquias, y otros cuantos años, ya secularizado, sin tener conocimiento de esta injusta y cruel realidad. Tanto los profesores (algunos habían vivido la guerra y la posguerra) como familiares y vecinos vivían con un pacto, una ley de silencio absoluto, practicando una omertá insalvable. Y decidieron por miedo u otros motivos no comentarme nada. Pensaban (o mejor, les obligaron a pensar) que lo mejor era olvidar. Así los responsables de esta situación se libraron de asumir las responsabilidades por las muertes sin juicios justos, ni garantías judiciales, por venganza y odio, o por otras razones inconfesables. La iglesia, con sus jerarquías, predicó y practicó ese olvido. Acató esas órdenes y miró para otro lado, sin poner en práctica una obra de misericordia corporal: enterrar dignamente a los muertos y otra espiritual: rezar por los difuntos, con nombre y apellidos. No se leyó el libro de Tobías, ni se comentó jamás la historia de Rispá. Es verdad que rezábamos por todos los fieles difuntos en general, (y en todas las misas se pide por ellos) pero no éramos conscientes de incluir a quienes yacían fuera de las tumbas en los comentarios. Ni pensábamos en la fosa común que existía en ciertos cementerios; a este lugar se le llamaba, en algunos pueblos, el “rincón de los desgraciados”. Grande desgracia, y tristísima, era y es, sobre todo para sus familiares, que tenían que sufrir en su corazón el dolor de no poder honrar públicamente a sus muertos. Hay que reseñar que hubo casos, como las “mujeres de negro”, que custodiaron 40 años la tumba de 400 personas en La Rioja.
En los oficios de Exequias y misas de difuntos, por las que se cobran estipendios, se identifica y nombra a la persona por la se aplica dicha misa. La liturgia eclesiástica en estos oficios distingue, según el género, con un lenguaje inclusivo, cuando el responso u oración se refiere a los difuntos en general ( “Oremus pro animabus famulorum famularumque tuarum”= oremos por las almas de los siervos y siervas tuyas.) Lo cual demuestra lo importante que es nombrar, o por lo menos indicar el género de las personas por las que se reza. Sin duda este silencio absoluto, total, contribuyó a que, después de casi noventa, tengamos aún esta situación tan triste y lamentable.
Rispá es todo un ejemplo de resistencia, tenacidad y valentía. Aguantó durante semanas las inclemencias del tiempo, el hambre y la sed, hasta que consiguió que los cuerpos de sus hijos fueran enterrados. A ella le permitieron velar los cuerpos de sus hijos y sobrinos, y protegerlos para que alimañas no los destrozaran. David condenó a muerte a unos inocentes (y así aplacar a Yahvéh), para satisfacer una venganza, pero se compadeció de una madre, y accedió a que sus hijos recibieran un enterramiento decoroso y respetable; el mismo que recibió su padre Saúl. ¿A cuántas madres y padres, esposas, hijos, en España no se les permitió velar ni acercarse siquiera a los lugares donde se sabía, o sospechaba, que estaban enterrados sus familiares.? Y murieron con la profunda herida de no poder exhumar y honrar los restos de sus seres queridos. ¿Hasta cuándo los nietos y bisnietos tendrán que seguir esperando?
Gracias, Rispá, porque con tu testimonio de entereza y valentía, después de casi 3.000 años, nos recuerdas que debemos reivindicar para nuestros muertos el derecho a recibir una sepultura digna y honrosa.
Texto bíblico. Libro Segundo de Samuel (cap. 21, 1-14)
En tiempos de David hubo hambre por tres años consecutivos. David consultó el rostro de Yahvéh y Yahvéh respondió: “hay sangre sobre Saúl y sobre su casa, porque mató a los gabaonitas”. Llamó el rey a los gabaonitas (estos gabaonitas no eran hijos de Israel, sino unos de los residuos amorreos, a los que los hijos de Israel habían hecho juramento. Pero Saúl intentó exterminarlos, llevado del celo por los hijos de Israel y Judá.) Dijo, pues, David a los gabaonitas: ¿” Qué puedo hacer por vosotros y cómo puedo aplacaros para que bendigáis la heredad de Yahvéh? Le respondieron los gabaonitas: “No es para nosotros cuestión de oro ni plata con Saúl y su casa, ni se trata de hacer morir a nadie en Israel”: El dijo: “Haré por vosotros lo que digáis”. Entonces ellos dijeron al rey:”Aquel hombre nos exterminó y proyectó aniquilarnos para hacernos desaparecer de todos los términos de Israel. Que nos entreguen siete de entre sus hijos y los despeñaremos ante Yahvéh en Guibeá de Saúl, el elegido por Yahvéh.” El rey les dijo: ” Os los entregaré.” Pero el rey perdonó a Maribbaal, hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a causa del juramento de Yahvéh que había entre ellos, entre David y Jonatán, hijo de Saúl. Tomó el rey a los dos hijos que Rispá, hija de Ayyá, había dado a Saúl, Armoní y Meribbaal, y los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había dado a Adriel, hijo de Barzil.lay de Mejolá, y los puso en manos de los gabaonitas que los despeñaron en el monte ante Yahvéh. Cayeron los siete a la vez; fueron muertos en los primeros días de la cosecha, al comienzo de la siega de la cebada.
Rispá, hija de Ayyá, tomó un saco y lo tendía para dormir sobre la roca desde el comienzo de la siega hasta que cayeron sobre ellos las lluvias del cielo; no dejaba que se pararan junto a ellos las aves del cielo por el día ni las bestias del campo por la noche. Avisaron a David lo que había hecho Rispá, hija de Ayyá, concubina de Saúl. Entonces David fue a recoger los huesos de Saúl y los huesos de su hijo Jonatán, en posesión entonces de los vecinos de Yabés de Galaad que los habían hurtado de los muros de Betsán, donde los filisteos los habían colgado el día que mataron a Saúl en Gelboé; subió desde allí los huesos de Saúl, los huesos de su hijo Jonatán y los reunió con los huesos de los despeñados. Sepultaron los huesos de Saúl, los de su hijo Jonatán y los de los despeñados, en tierra de Benjamín, en Selá, en el sepulcro de Quis, padre de Saúl, y ejecutaron cuanto había ordenado el rey, después de lo cual Dios quedó aplacado con la tierra